Hay personas que están vivas… pero por dentro están bajo la tierra. Caminan, trabajan, hablan, sonríen, pero en el fondo viven encerradas en miedo, culpa o desesperanza. Como si la vida hubiera quedado sepultada dentro de ellas.
Una imagen fuerte de esta realidad aparece en la película Underground, de Emir Kusturica. Allí, un grupo de personas vive durante años en un sótano, convencido de que la guerra todavía continúa. No saben que todo terminó. Siguen produciendo armas, siguen viviendo con miedo, sin darse cuenta de que la libertad ya existe fuera.
Esa historia refleja la condición de muchos cristianos. En el Evangelio del Domingo de la Divina Misericordia (cf. Jn 20,19-31), Jesús ya ha resucitado. Ha vencido la muerte, el pecado y el poder del mal. Sin embargo, los discípulos siguen encerrados. Viven como si todo hubiera terminado. Están “bajo tierra”, atrapados en el miedo. Y allí, en ese encierro, entra Jesús. No golpea la puerta. No espera a que ellos salgan. Él entra donde están, en su oscuridad, y pronuncia una palabra que lo cambia todo: “La paz con ustedes”.
Esta es la misericordia: Dios que entra en nuestra tumba interior. Pero hay un detalle importante. En la experiencia pascual, también están los ángeles. En el sepulcro vacío aparecen como testigos de que la muerte no tiene la última palabra.
Los ángeles no viven en la tumba, pero entran en ella para anunciar que ya no es el final. Ellos están en el umbral: entre la muerte y la vida.
En la espiritualidad de la Congregación de San Miguel Arcángel, sabemos que los ángeles participan activamente en la historia de la salvación. No son símbolos lejanos. Son mensajeros que despiertan al hombre, que lo sacan de su encierro, que le recuerdan que la guerra ya terminó. Y junto a ellos, San Miguel Arcángel lucha para que el hombre no se quede bajo la tierra. Porque el infierno quiere enterrar, pero el cielo lucha por levantar.
En este Evangelio aparece también Tomás. Él no estaba cuando Jesús vino por primera vez. Estaba fuera, desconectado, “fuera del tema”. Cuando regresa, no cree. Quiere tocar, quiere ver. Quiere entrar en las heridas. Y Jesús no lo rechaza. Ocho días después vuelve por él. Esto es misericordia: Dios que no abandona al que llega tarde.
No importa si alguien ha vivido años “bajo tierra”. No importa si ha pasado mucho tiempo lejos de Dios. Siempre hay una puerta abierta. Siempre hay una nueva oportunidad. Jesús mismo lo reveló a Santa Faustina Kowalska: “Ahora prolongó el tiempo de la misericordia”. Este es el tiempo en el que Dios no condena, sino que levanta.
Y el primer signo de esta misericordia es la paz. No una paz superficial, sin problemas, sino una paz en medio de la tormenta. Como un pequeño pájaro que, en medio de un gran ruido de agua y caos, permanece tranquilo en su nido. Esa es la paz de Cristo. Hoy, la pregunta es clara: ¿quieres seguir viviendo bajo la tierra? ¿Encerrado en el miedo, en el pecado, en la mentira de que todo terminó? ¿O quieres dejar que la misericordia te levante? Dios no tiene miedo de tu oscuridad. Los ángeles no te abandonan en tu sepulcro. Cristo entra en tu herida. Porque, aunque el hombre diga: “se acabó” … la misericordia responde: todavía puedes levantarte.




