Desde España/ Área: Pastoral de la Salud
Mary Esthefany García
En el acompañamiento pastoral o humano nunca sabemos con certeza hasta dónde puede llegar una palabra dicha a tiempo, un gesto sencillo o una presencia silenciosa. Muchas veces creemos que nuestro paso por la vida de los demás es pequeño, casi imperceptible, pero Dios obra en lo oculto.
Recuerdo una paciente a quien acompañamos en una oportunidad y que, tiempo después, volvió a ser ingresada. En medio de una situación médica compleja, donde su vida estaba en juego, expresó con profunda fe: “Así como me dijiste aquella vez, eso le pido a Dios: que me ponga las palabras para saber cómo expresarme ante los médicos”. Aquella intervención sería decisiva, entre la vida y la muerte, y su confianza estaba puesta plenamente en Dios.
Esta experiencia revela la acción del Espíritu Santo, que obra tanto en quien acompaña como en quien se abre con fe a la voluntad de Dios. Ser dóciles al Espíritu no es sencillo; implica soltar el control, confiar, y abandonarse en Aquel que sabe lo que necesitamos incluso antes de pedirlo. En los momentos cruciales de la vida, cuando la fe se convierte en sostén, el corazón se entrega sin medida y descansa en las mejores manos.
La Palabra de Dios nos ilumina cuando dice: “El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables” (Romanos 8,26). Esto nos recuerda que, aun en nuestra fragilidad, Dios actúa y ora en nosotros.
Oración final:
Espíritu Santo, ven en ayuda de nuestra debilidad. Enséñanos a confiar, a escuchar y a hablar cuando no sabemos cómo hacerlo. Pon en nuestros labios las palabras justas y en nuestro corazón la paz que viene de Ti. Amén.




