Los malos propósitos agrupan a las personas sólo provisionalmente; en cambio, las nobles metas fraternizan sin límite de tiempo. Igual ocurre con los pueblos, donde, especialmente, el arte y el deporte los unen en un ambiente perfumado de apoyo, entusiasmo y esperanza.

Cuando Juan Luis Guerra triunfa aquí o allende los mares, lo disfrutamos; cuando Marileidy Paulino conquista la medalla de oro en los Juegos Olímpicos, nos paralizamos y luego lloramos de emoción. 

Esos episodios, no tan comunes, fortalecen nuestra identidad y nos dan a conocer para bien. En un planeta repleto de conflictos e intereses, el arte y el deporte promueven la armonía.

Concentrémonos en el pasado Clásico Mundial de Béisbol, donde participaron países ricos y pobres; con gobiernos de izquierda y de derecha; ateos y cristianos; negros, blancos, mulatos y amarillos… Solo el talento marcaba la diferencia, sin negar que las travesuras del azar que influyeron en los resultados. ¡Eso fue un símbolo real de hermandad!

Allí observamos la pasión de los atletas en el terreno, donde el nombre de sus países estaba en juego. Se entregaron con ganas; sin temerle a las lesiones, continuaban corriendo, robando bases, defendiendo, atacando y motivando a sus compañeros. Soñaban todos con ser campeones, y cuando quedaban descalificados, había tristeza; y cuando pasaban a la siguiente ronda, la alegría era contagiosa.

Los dominicanos teníamos un equipazo, éramos los favoritos, los más temidos. Nuestros peloteros estaban animados como nunca, cohesionados, entregados con pasión, bien dirigidos y apoyados por una fanaticada que creía en nuestra selección. 

Pero no todo es color de rosa: a pesar de nuestra fortaleza, quedamos eliminados en las semifinales; caímos frente a los Estados Unidos de América, donde en varias ocasiones tuvimos la oportunidad de vencerlos.

Es noble y digno destacar que los resultados no nos decepcionaron; al contrario, demostramos orgullo por nuestros jugadores. La palabra “gracias” para ellos inundaron las redes. Agradecer es reconocer que alguien hizo algo por nosotros. ¿Qué más se le puede pedir a nuestros beisbolistas, después de rebosar de regocijo nuestros corazones?

Recuerdo algunos de esos mensajes: “Gracias por representar nuestra bandera”; “Nuestros muchachos lo dieron todo, gracias”; “No fuimos campeones, pero somos los más extraordinarios, gracias”; “Gracias, nos hicieron vibrar y sentirnos felices de ser dominicanos”. 

Yo escribí: “En la vida las derrotas no son tales si se trabaja para triunfar con amor, con ganas, en buena lid. ¡Un aplauso de corazón a nuestro equipo de béisbol!

Ojalá que el ambiente que vivimos en el Clásico Mundial se repita con frecuencia. Que escenas así nos elevan como dominicanos y a la vez nos ayudan a construir una mejor patria. 

¡Viva la República Dominicana!