“La alegría y la generosidad en la vida del bautizado”

En la Cena Pan y Vino 2026, de la parroquia San José, en Yamasá, las palabras centrales estuvieron a cargo de Mons. Jesús Castro Marte, obispo de la Diócesis de la Altagracia, quien ofreció una profunda reflexión pastoral marcada por claridad doctrinal, cercanía y un sólido fundamento evangélico.

“Nos reunimos esta noche no solo para compartir una mesa, sino para compartir una causa”, expresó al iniciar su mensaje, subrayando que cuando la Iglesia se sienta a la mesa no lo hace únicamente para comer, sino para celebrar, agradecer y entregarse.

El tema que convocó el encuentro “La alegría y la generosidad en la vida del bautizado” fue presentado no como un adorno espiritual, sino como la consecuencia natural de quien ha sido injertado en Cristo.

“Un bautizado triste y cerrado contradice su identidad; un bautizado alegre y generoso revela el Evangelio sin necesidad de discursos”, afirmó con firmeza.

Al profundizar sobre la alegría cristiana, citó al Papa Francisco en Evangelii Gaudium, que “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús”.

Explicó que no se trata de euforia ni de ingenuidad ante el dolor, sino de una certeza interior que nace del encuentro con Cristo.

Evocando las palabras de San Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”, destacó que el bautismo es un nuevo nacimiento que otorga pertenencia, esperanza y sentido, incluso en medio de las pruebas.

En ese mismo espíritu, recordó el testimonio de Juan Pablo Duarte, cuya entrega brotó de convicciones profundas y no de intereses pasajeros.

Monseñor Castro Marte abordó también la aparente paradoja entre alegría y cruz, señalando que el cristianismo no promete una vida sin sufrimiento, sino una vida con sentido.

La alegría cristiana, dijo, es pascual: pasa por la cruz y se sostiene en la Resurrección. En una cultura que mide la felicidad por el consumo y la apariencia, el creyente propone la alegría de quien sabe que es amado y llamado a amar.

Sobre la generosidad, la presentó como la expresión visible de la gracia recibida en el bautismo.

Recordó que lo que se recibe gratuitamente, se comparte gratuitamente. Inspirándose en los Hechos de los Apóstoles, afirmó que la Iglesia primitiva comprendió que nadie debía pasar necesidad.

Precisó que la generosidad no se limita a lo económico: es dar tiempo, atención, perdón, oportunidades, dignidad y presencia.

A la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, desde León XIII hasta el magisterio actual, recordó que la caridad no es filantropía sentimental, sino justicia animada por el amor.

En referencia concreta a la cena benéfica, el obispo subrayó que no se trataba de un simple evento social, sino de un acto eclesial. Cada gesto generoso afirmó que alimenta, educa, sana y sostiene. Pero, sobre todo, convierte el corazón de quien da. “La generosidad cristiana no empobrece; multiplica”, proclamó con convicción.

Concluyó recordando que el bautismo nos dio una identidad y una misión: hijos en el Hijo, herederos de una promesa y portadores de esperanza.

“La alegría es el perfume del cristiano”, expresó, invitando a que nuestra alegría no dependa de lo que poseemos, sino de aquel que nos posee, y que nuestra generosidad sea estructural, cotidiana y gozosa.

Sus palabras fueron acogidas con profundo respeto y un prolongado aplauso, dejando en el ambiente una enseñanza luminosa y exigente a la vez.

Al finalizar hizo una hermosa oración, la cual cerró su discurso con profundo espíritu cristiano y con paz en nuestro corazón.