San Miguel Arcángel nos conduce a la fuente del agua viva

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Padre Jimmy Drabczak

En el tiempo de Cuaresma buscamos de manera especial la verdad: la verdad sobre nosotros mismos, sobre nuestra fe y sobre Dios. Cada domingo cuaresmal ilumina un aspecto de esa verdad. 

El tercer domingo los lleva al pozo de Jacob y al encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4, 5–42). En este año en que reflexionamos sobre el Bautismo y la sinodalidad como camino hacia la santidad, este Evangelio nos recuerda dónde está la fuente de nuestra vida cristiana.

Hay momentos que podrían resumirse en una frase: cuando todo se derrumba. Crisis familiares, fracasos, soledad, heridas del pasado, cansancio espiritual. En esos momentos el ser humano queda frente a su propio “pozo”, como la samaritana.

Ella fue al mediodía, evitando a la gente. Su historia era difícil: cinco maridos y una relación más. Buscaba amor y estabilidad, pero seguía teniendo sed. Su vida nos muestra que podemos intentar muchas veces encontrar felicidad por nuestra cuenta y aun así sentirnos vacíos. Y es

precisamente allí donde se encuentra con Jesús.

Cristo se revela como el dador del “agua viva”. En la Biblia, el agua simboliza vida, purificación, gracia y el don del Espíritu Santo. Jesús afirma: “El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás”. 

Es una promesa que nos remite al Bautismo. El Bautismo no es solo un recuerdo del pasado, sino una fuente que sigue brotando dentro de nosotros si dejamos actuar la gracia.

El pozo de Jacob era profundo. Para sacar agua había que bajar el cántaro hasta el fondo. Es una imagen clara de la vida espiritual. No basta una fe superficial ni costumbres externas. Es necesario ir más adentro: a la oración sincera, al examen de conciencia, al sacramento de la reconciliación. 

La Cuaresma es ese tiempo para descender al interior y reencontrarnos con la fuente verdadera. Jesús rompe barreras culturales y morales. Habla con una mujer samaritana y le revela la verdad sobre su vida, pero no la condena. 

Aquí descubrimos algo esencial: verdad unida a misericordia. Dios no comienza juzgando, sino dialogando. No empieza rechazando, sino ofreciendo una nueva oportunidad.

En este camino comprendemos también la misión de San Miguel Arcángel. Su nombre significa: “¡Quién como Dios!”. Es una afirmación que nos recuerda que solo Dios es la verdadera fuente de vida. Miguel combate la mentira que nos hace creer que podemos vivir plenamente sin Dios. El éxito, el dinero o el reconocimiento no sacian la sed profunda del corazón. Solo Dios puede hacerlo.

La samaritana deja su cántaro. Ese gesto es profundamente simbólico. Deja lo que había venido a buscar, porque ha encontrado algo mayor. El encuentro con Cristo transforma su vida y la convierte en testigo: corre al pueblo y anuncia que ha encontrado al Mesías. El verdadero encuentro con Jesús siempre se convierte en misión.

Aquí comprendemos también la sinodalidad: la fe no se vive en soledad. Quien ha encontrado el agua viva camina con otros y comparte la experiencia. La santidad es un camino comunitario.

Tal vez hoy alguien está frente a su propio pozo, sintiendo que algo se ha quebrado. El Evangelio nos recuerda que precisamente allí Jesús se acerca más y nos conduce a la fuente que no se agota.

No tengamos miedo de ir a lo profundo. San Miguel Arcángel nos conduce a la fuente del agua viva: a Cristo, que nos ofrece vida en abundancia.

¡Quién como Dios!