Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.
Muchos cristianos no oran. Dicen: “no sé orar”. Pero lo decisivo de la oración no es si usted sabe orar, sino delante de quién usted está orando. Si a la hora de orar usted se limita a colocarse delante de usted mismo, su oración ya fracasó.
Pero si usted se coloca delante de Jesús de Nazaret, usted lo puede abordar sin vergüenza y decirle: “enséñame a orar”. Delante de Jesús siempre surgen nuevas posibilidades (Apocalipsis 21, 5) y el que no sabe orar ya está orando cuando pide como los discípulos en (Lucas 11,1): “Enséñame a orar”.
Algunos creyentes se preguntan ¿cómo me dirijo al Señor en la oración? Como lo veíamos recientemente, eso ya lo resolvió Jesús hace rato, cuando nos enseñó: “Cuando oren digan: ¡Padre!” (Lucas 11,2).
Muchos no oran, porque piensan que les resultará muy difícil caminar al encuentro del Señor y solo llegarán a su presencia tras largas y penosas jornadas.
Pero en el Apocalipsis, Jesús resucitado se presenta así: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oye Mi voz y abre la puerta, entraré en su casa, y cenaré con él y él conmigo.” (Apocalipsis 3, 20).
La Palabra de Dios nos enseña que, Él está a la puerta. Hay personas que un día por fin decidieron orar y se ajustaron a la espalda una mochila con provisiones, se amarraron a la cintura la cantimplora y empuñaron un bordón para la ruta larga, y al abrir la puerta se encontraron al Señor Jesús sonriente que les dijo: “¡qué bueno que abriste, aquí llevo yo años esperándote!”
Este tema lo abordó Lope de Vega (1562 – 1635) en un soneto magistral: “¿qué tengo yo que mi amistad procuras?”
Algunos no se motivan a orar, porque se imaginan a Dios como un tirano exigente y tacaño que tiene el tupé de “cosechar donde no sembró” (Mateo 25, 24).
Pero Jesús nos invita a considerar al Padre como alguien cuya bondad supera infinitamente nuestra generosidad. Así quiere Jesús que razonemos: “pues si ustedes siendo malos, saben dar buenos regalos a sus hijos, ¿cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11, 24).
Pablo se expresó así: nuestro Padre es aquél que puede hacer mucho más por nosotros “de lo que pedimos o comprendemos” (Efesios 3, 20).




