El espinazo verde de las Antillas

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La Cordillera Central es el espinazo verde de las Antillas, un territorio donde la luz aprende a nacer despacio. Los amaneceres no alborotan: se deslizan. Un azul frío precede al filo rosado que se refleja en los pajones, y por último el oro tímido que incendia las cumbres. En esas alturas, cada día comienza como si fuese el primero.

Los trillos, las cicatrices que labró el nativo, negocian con el paisaje. Se curvan alrededor de barrancos, juegan entre pinos y reaparecen junto a los arroyos de la serranía que murmura. Pies descalzos, alpargatas, y zapatos gastados aprendieron a escuchar el crujido de la hojarasca, mientras marcaban los caminos. Y, por sobre todo, mulos, esos pacientes arquitectos cuyo ritmo marcó durante siglos, a pulso de instinto, las rendijas del suelo de La Sierra.

Todo aquello, un manojo de huellas que la neblina borra, marcas que el rocío diluye. Nada permanece demasiado tiempo: la montaña guarda la memoria, con eso basta.

En un recodo de La Pelona, una paciencia pétrea de muestra. Engendro de largas conversaciones entre placas tectónicas. Fragmentos de corteza oceánica y arcos volcánicos, empujados, plegados, elevados durante millones de años. Testimonio de fuego submarino que hizo emerger la isla desde el fondo salado. Cada estrato tiene una edad; cada cresta, una sílaba del tiempo.

Mientras, en las madrugadas frías, las “agujas” del pino sostienen diminutas esferas. Rocío que no cae: se posa, convirtiendo el bosque en una constelación humilde. Basta un rayo de sol y desaparecen. Allí lo efímero y lo eterno: la gota muere, el ciclo permanece.

Desde la Sierra descienden ríos que nutren valles y ciudades. Madre de las aguas: fábrica de nubes, guardiana de nacientes, corazón hidrológico del país. Lo que allí se cuida, abajo florece; lo que allí se hiere, abajo duele.

Caminante que sube no regresa igual. La altura moldea el ruido interior, afina los sentidos, hace solemne el silencio, entre huellas breves y experiencia inolvidable.

En la sierra el mundo respira, y al amanecer, cuando la luz toca las cumbres, uno entiende que hay lugares que perduran como un hechizo grabado en la piel del alma.