Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

El comienzo del “Padre Nuestro” encierra tres lecciones. La primera y más importante: Dios es tierno como un padre. La segunda: es “nuestro” no es posesión mía. A la sombra del Dios verdadero no crece ningún “mío,” sino el “nuestro”. Y finalmente “está en los cielos”. Es decir: su ser pertenece a una dimensión trascendente, yo no dispongo de Dios, ni le puedo hacer trampas, ni amarrarlo al carro de mis intereses, ni ponerle la camiseta de mi partido, ni la de mi Iglesia o colectivo de fervorosos ateos.

Un verdadero encuentro con el Señor siempre nos comunica esta paradoja: por un lado, el Señor nos quiere como nadie, por otro, no se parece a nada conocido. Para nosotros los cristianos, el único intérprete verdadero de Dios es Jesús, porque él es el único que nos lo ha dado a conocer (Juan 1, 18).

A nuestros hermanos mayores israelitas, el Señor les bajó sus humos y satisfecha arrogancia cuando les enseñó: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los vuestros y mis planes de vuestros planes” (Isaías 55, 8 – 9).

Uno de los mayores fallos en que incurrimos los profesionales de la religión es hablar del Señor como si fuésemos sus dueños y tuviéramos la exclusiva de su representación.

Todos nos colocamos en la presencia del Señor con nuestras preocupaciones, agendas, intereses, expectativas, interrogantes y prejuicios, pero si lo tomamos en serio, nosotros también escucharemos las mismas palabras que Dios le dirigió al curioso Moisés ante la zarza ardiente: “no te acerques más. Quítate tus sandalias porque el lugar que pisas es tierra sagrada.” (Éxodo 3, 5).

Así responde el Señor al pecado de Israel: Dios no tiene designios de destrucción, ante la maldad de Israel “… Mi corazón se conmueve dentro de Mí. Se enciende toda Mi compasión. No ejecutaré el furor de Mi ira…. Porque Yo soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti” (Oseas 11, 1 – 9).

Adentrándonos en la oración junto a Jesús, aprendemos a ser hijos compasivos como el Padre de los cielos “que hace salir Su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” Mateo 5, 44.