Rev. D. Frank Luis de la Cruz A., I. V. Dei
Director Escuela de Teología Pastoral para Laicos
La Iglesia en la República Dominicana nos convoca este año pastoral, a una profunda reflexión sobre nuestra identidad bautismal, bajo el lema: Un pueblo que vive la santidad y experimenta en el Bautismo la fuerza de su caminar.
Esta invitación no es casual ni superficial; responde a la necesidad urgente de redescubrir el tesoro que muchos hemos recibido en la infancia, pero cuya riqueza y poder transformador no siempre hemos comprendido en plenitud.
El Bautismo no es simplemente un rito de iniciación o una tradición familiar que se cumple; es el sacramento fundante de toda la vida cristiana, la puerta que nos da acceso a los demás sacramentos y el origen de nuestra vocación universal a la santidad.
El apóstol Pablo nos recuerda con claridad meridiana: ¿O es que no saben que cuantos
fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él
sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de
entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida
nueva (Rm 6, 3-4).
En estas palabras encontramos el fundamento de nuestra existencia cristiana: el Bautismo nos injerta en el misterio pascual de Cristo, nos hace morir al pecado y resucitar a una vida nueva. No somos cristianos por cultura o tradición, sino por la participación real en la muerte y resurrección del Señor.
Esta realidad ontológica, que se produce en el momento del Bautismo, marca un antes y un después en la existencia de quien lo recibe.
El Concilio Vaticano II, en su Constitución Dogmática sobre la Iglesia, nos enseña que todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40). Esta llamada universal a la santidad tiene su origen en el Bautismo. Por este sacramento, como afirma el mismo Concilio, somos hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por lo mismo, realmente santos (LG 40).
Comprendamos la grandeza de esto: en el Bautismo no recibimos simplemente el perdón de los pecados, sino que somos constituidos hijos en el Hijo, miembros del Cuerpo de Cristo, templos del Espíritu Santo. Somos transformados radicalmente en nuestro ser más profundo.
De ahí que el Papa Francisco nos exhorta constantemente a recuperar la memoria de nuestro Bautismo, preguntándonos: ¿Cuándo fui bautizado? Esta memoria no es nostalgia del pasado,
sino conciencia viva de una identidad que nos define aquí y ahora.
Por lo anteriormente expuesto, resulta fundamental que como pueblo bautizado experimentemos la fuerza que emana de este sacramento, para nuestro caminar cotidiano. El Bautismo no es un evento del pasado que recordamos con cierta emoción; es una fuente permanente de gracia, un manantial que no cesa de brotar en nuestra vida.
Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: El Bautismo es el fundamento de toda la
vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos (CIC 1213). Cuando los desafíos de la vida nos abruman, cuando la tentación nos acecha, cuando el desánimo invade nuestro corazón, hemos de volver a la fuente bautismal para recordar quiénes somos y de dónde viene nuestra fuerza. No caminamos solos ni con nuestras propias fuerzas; caminamos revestidos de Cristo, habitados por el Espíritu, sostenidos por la gracia que recibimos el día de nuestro Bautismo. Así lo expresa San Pablo: Todos los bautizados en Cristo se han revestido de Cristo (Gal 3, 27). Este revestimiento no es externo ni simbólico, es real y transformador.




