Ysis Estrella Roman
Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. (Mt 5,3)
Al comenzar el Sermón de la Montaña, Jesús propone un camino que rompe con la lógica del mundo. No proclama felices a los poderosos ni a los que acumulan, sino a los pobres de espíritu, a los mansos, a los que lloran, a los misericordiosos y a los que trabajan por la paz.
Con las bienaventuranzas, el Señor revela el corazón del Reino y nos invita a vivir desde una confianza total en Dios.
Ser pobre de espíritu no significa vivir sin nada, sino reconocer que todo lo necesitamos del Señor. Es abandonar la autosuficiencia y abrir el corazón para que Dios sea la verdadera riqueza. Desde esa actitud nacen la mansedumbre, la misericordia y la búsqueda sincera de la justicia. Allí comienza una vida nueva, sostenida por la gracia.
Jesús llama dichosos a quienes sufren, no porque el dolor sea deseable, sino porque Dios no abandona al que pasa por la prueba. En medio del llanto, de la persecución o de la incomprensión, el Señor permanece cercano y actúa silenciosamente. El Reino se construye muchas veces sin aplausos, pero con fidelidad.
El Tiempo Ordinario nos recuerda que este camino se vive en lo cotidiano. Las bienaventuranzas se encarnan en el hogar, en el trabajo, en las decisiones pequeñas de cada día. No son ideales lejanos, sino actitudes que transforman la vida desde dentro.
Pidamos la gracia de dejarnos formar por la palabra de Jesús. Que aprendamos a confiar más en Dios que en nuestras propias seguridades y a vivir con un corazón sencillo, abierto y disponible. Allí donde confiamos en el Señor, el Reino de los Cielos ya está presente y comienza a dar fruto.
Ánimo.




