Monseñor Freddy Bretón Martínez
Arzobispo Metropolitano de Santiago de los Caballeros

Del libro Vivir o el arte de innovar, de Mons. Freddy Bretón

No he podido olvidar aquel momento en que un compañero de estudios y gran amigo mío, me dijo: “Me voy. No puedo ser sacerdote en esta Iglesia.” Él, sumamente inteligente y de reconocida capacidad de servicio, se iba. No cabía en la Iglesia: era muy atrasada, no valía la pena… 

Ese amigo estaba mucho más adelantado que yo en los estudios y era cien veces más sobresaliente que yo en todo. Y se iba. Yo pensé: “¿Qué será de esta Iglesia, si se van los mejores?” Y no acababa de comprender. Consideraba que si en verdad la Iglesia andaba mal, razón de más había para quedarse en ella y luchar por mejorarla. ¿O sería preferible reparar la casa propia desde el patio del vecino? 

Es, por otra parte, muy comprensible que cuando no se quiere la casa, se abandone para que se caiga. Al decir esto soy plenamente consciente de que no pocos han abandonado la Iglesia a causa de los malos ejemplos de nosotros, los miembros de la Iglesia. Esto es, sin duda, un escándalo, y “¡Ay de aquel por quien venga el escándalo!” 

Corresponde a lo más profundo de la persona aspirar a lo perfecto. El mismo Jesús nos dijo: “Sean perfectos como su Padre Celestial es perfecto”. Así, quienes van a unir sus vidas en el matrimonio, aspiran a que su compañero o compañera sea lo menos malo posible; si emprendemos un trabajo, queremos que salga lo mejor posible. Y así todo lo demás. 

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Esto es verdaderamente digno y engrandecedor de la persona; es inquietud que el mismo Dios ha puesto en el corazón de cada uno, y si aspiramos a ello, estamos en camino de ser hombres y mujeres auténticos. Pero hay quien no se casa porque no encuentra la mujer “ideal”, o el hombre de sus sueños. Y no deja de ser esta una enfermedad muy a la moda. 

Hay quien no rinde setenta porque quisiera rendir cien; y de no ser cien, prefiere el cero, (aunque reviente de amargura). Como hay también quien, pudiendo llegar a noventa, se queda en el cincuenta, por la mediocridad, por el abandono, por la inconsciencia. 

Y puede que, frente a esa misteriosa realidad llamada Iglesia, yo diga: “Prefiero otra; la más perfecta”. Y así venga a quedarme sin ésta y sin la otra. Como es también posible que la mediocridad, el oportunismo, la insensibilidad o la inercia, me lleven a querer una Iglesia estática, y me impidan quererla renovada, vigorosa, eficaz en sus respuestas a los desafíos del tiempo presente. 

Amo a esta Iglesia, he dicho. Santa y pecadora; santa por parte de Dios, y pecadora por parte de los hombres (sin olvidar que esta es mi parte). Amo entrañablemente a esta Iglesia. Y digo ésta, no otra; con su fardo de pecado y su potencial de esperanza, con la fuerza infinita de la gracia. Sí, ésta. 

Veo que una sana variedad y diversidad será siempre saludable. Pero me da pena ver cómo hasta en revistas católicas se habla tan fácilmente de otra Iglesia. Y unos se llenan la boca para decir que son de la tradicional de derecha, y otros para decir que son de la popular… 

Y no acabo de entender, porque, o es una o no es ninguna. O es la Iglesia de Jesucristo, o son bandas creadas por nosotros. ¿Que hay en la Iglesia gente muy tradicionalista y gente muy avanzada? Ciertamente. ¿Qué hay quien muere por el pobre y hay quien se muestra indiferente a la explotación del pobre? También es cierto. 

Y esto último es embarrar el Evangelio; es una espina clavada en el alma del auténtico creyente, del verdadero hijo de la Iglesia. 

Tiene que dolerme que en mi familia haya un ladrón. Mas puedes tener por seguro que no seré yo quien lo pregone. Removeré cielos y tierra para conseguir que no lo sea, pero nunca me alegraré de su mal, porque es el mío propio. Me duele mi familia; su éxito es mi gozo, su mal mi tormento. Amo a esta Iglesia, aun sintiendo a menudo que camina lento. La amo porque me alegra con el amor, la fe probada y la conciencia creciente de sus pobres; ella que tiene ricos desprendidos, generosos, y personas prominentes apegadas a poderes y a dinero. Con profetas auténticos, y profetas de palabra, como monedas sin fondo… 

Amo a esta Iglesia, con el sabor propio de mi país, en el ámbito de América la nuestra, y con sus manos alcanzando el universo. Particular y universal. Nuestra y de todos. Con sus errores ampliamente conocidos, y con la fuerza de la gracia trabajando en lo secreto, especialmente entre los pobres. 

Quiero que triunfe el Evangelio, espada de doble filo. Que no venza una facción, pero que triunfe el bien. Por eso no puedo tolerar que ahondemos divisiones entre hermanos. Quiero que se aniquile el mal, sí, pero que no se destruya con ello a los hermanos. 

Porque, a pesar de divisiones y distancias, la voz del Señor debe resonar firme todavía: “Que sean uno.”