YO SOY LA PUERTA

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Así se define Jesucristo en el discurso metafórico-parabólico que se nos ofrece en el evangelio de este domingo. Una imagen vale más que mil palabras. La puerta es lugar de tránsito, conecta un ambiente con otro. Si está cerrada provoca sensación de seguridad; si está abierta, de libertad. Me parece que son dos elementos fundamentales en nuestra relación con Cristo, buen pastor: Él nos da seguridad y deja que vivamos en libertad. No nos acorrala en un afán desmedido por domesticarnos. Eso sería infantilizarnos. ¿Será por eso que las ovejas siguen a su pastor?

 

Seguridad y libertad son dos sentimientos que todo pastor (o líder) debe transmitir a los suyos. Es lo que permite que sea “lugar de paso” hacia una realidad que lo sobrepasa. En el caso de Jesús, es la puerta que permite el acceso al reino de Dios. No hay otro medio para encontrarse con el Dios de la vida. Por Jesús se entra al ámbito de la salvación, tras él quedamos resguardados de los ladrones y bandidos que quieren hacerse con las ovejas del redil.

 

“Pasar por Jesús” es adentrarse en su misterio, escuchar y conocer su voz. Eso también es Pascua. Recordemos que pascua significa “paso”, y que la puerta da paso de un ambiente a otro. Jesucristo en cuanto puerta nos permite entrar y salir libremente. No es una puerta blindada como las que solemos ver en los bancos o edificios de alta seguridad; es más bien una puerta batiente, que abre y cierra hacia ambos lados, como las que suelen conectar la cocina de una casa con otros ambientes, y que, generalmente, no tienen cerraduras.

 

Es interesante que este discurso de Jesús sea ubicado por el evangelista Juan en un contexto de controversia con líderes fariseos. Jesús, el buen pastor, se contrapone a esos falsos pastores considerados “ladrones y bandidos”.  Si Jesús es puerta batiente, sin cerraduras, ellos son como puertas tapizadas, que no permiten entrar ni tampoco dejan salir. Y no olvidemos que en las escenas cinematográficas cuando el malvado va a cometer algún crimen se asegura de cerrar bien la puerta. También los falsos pastores quitan la vida al rebaño, lo acorralan y le impide disfrutar de agradable pasto.

 

Porque transmite sensaciones de seguridad y libertad las ovejas se familiarizan con la voz del pastor. Se cuenta que en la antigüedad todos los pastores de una comarca llevaban sus ovejas a pasar la noche en un mismo lugar. Había un vigilante designado para cuidarlas. Cuando al otro día llegaba cada uno de los pastores y el guardia le hacía pasar, cuando las ovejas escuchaban la voz de su pastor se acercaban a él y luego le seguían. Solo las suyas iban tras él porque conocían su voz. Y, claro, el pastor también conocía sus ovejas. Este mutuo conocimiento hacía que su relación fuera “personalizada”. Llamar cada oveja por su nombre significa precisamente sacarlas del anonimato de la colectividad y reparar en cada una de ellas.

 

Jesús es a la vez puerta y pastor. Es paso obligado y compañía imprescindible. No basta con pasar por la puerta (hacer pascua), sino que es necesario que seamos acompañados por aquél que conoce el camino porque ha pasado primero. Nuestra pascua, nuestro paso, no puede ser vivida sino en relación con la pascua de Cristo. Él ha dado el paso de este mundo al Padre, por eso es para nosotros camino de salvación.

 

 

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