Con el mes de Abril llegan las semanas finales de la cuaresma, la semana santa y la pascua o el tiempo pascual, lo central de la fe cristiana, pues el tener fe en Jesús como personaje religioso único solo se entiende desde la resurrección, pues hay muchos personajes religiosos en el mundo y en la historia de gran trascendencia, cuya vivencia culmina en la muerte y ya, pero con Jesús es diferente, pues este no sólo muere sino que creemos que volvió a la vida, resucitó, está al lado del padre Dios y desde allí espera por nosotros, pues lo que consiguió para él también lo consiguió para nosotros.

Pero esto de la resurrección de Jesús, su pascua, nuestra pascua, no es un mito, pues hay unos testigos que por el anuncio de su muerte y resurrección fueron incluso capaces de dar la vida, testificaron lo que vieron y oyeron, le vieron morir y de nuevo volver a estar entre ellos. Como antes, aunque un tanto diferente, pues era un cuerpo glorificado, capaz de ir más allá del tiempo y el espacio, de confluir con todas las leyes de la naturaleza, porque el milagro definitivo de la eternidad de la vida se había hecho posible en él que de por sí ya era eterno, pero nos hacia eternos a nosotros, pues para eso vino: para desarraigarnos de nuestra condición finita y contingente, mortal y débil, pecadora y malsana, y hacernos eternos  y salvos, y unidos por siempre a nuestro creador y Señor.

Esos testigos privilegiados confluyeron en lo que es la Iglesia, prolongación de Cristo en el mundo, según San Lucas, recinto de aquellos que pacientemente esperan que el triunfo de Cristo se de en ellos, que la pascua se haga posible un día tras la muerte, que su carne que es portadora de la muerte se vuelva espíritu de vida que vuele y anide en el cielo de su Señor. Por eso el cristianismo es un anuncio de alegría pascual, de álito nuevo de vida, sin olvidarnos de la cruz, pues en nuestra condición terrena, víspera de la pascua eterna, seguimos cargando nuestra cruz de cada día y desenvolviendo nuestra vida entre los crucificados de la tierra que andan entre nosotros, víctimas de las estructuras de muerte que hay en este mundo, pero ansiosos y esperanzados en el anuncio de vida que trae la resurrección de Cristo el hijo del Dios vivo, que es lo que le da el soporte y la fuerza para perseverar fielmente y mantenerse y luchar hasta el encuentro con nuestro Dios.

La pascua es nuestro barco insignia en medio del universo religioso que se desplaza en este mundo, en medio de los mares de creencias y filosofías de vida que hay a nuestro alrededor, por eso en este mundo diverso y de diferencias, nosotros caminamos seguro, pues sabemos a ciencia cierta cual es nuestro destino y que es lo que nos aguarda, pues muchos podrán esperar pequeñas y grandes cosas en sus vidas, nosotros, como el siervo que aguarda a su Señor. 

No permanecemos en las sombras, andamos a plena luz, con alegría, con sonrisa a flor de labio, sin miedo a nada ni a nadie, seguros pero no soberbios, humildes y vigilantes, pues le esperamos a él, esperamos nuestra resurrección, nuestra pascua, y tan seguros estamos de ellos, que ya sentimos que la vamos viviendo, aunque todavía con nuestras cruces, pero la fe que tenemos, la esperanza que nos guía y el amor a nuestros hermanos, nos hacen sentir ese goce infinito y de felicidad plena que un Domingo en la mañana unos hombres y mujeres sintieron al ver a Cristo nuestra pascua resucitado.