VIDAL Y YO

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El raso Vidal dio un salto desde su cama al sonido de la trom­­peta lla­­mando a forma­ción.  Sólo tenía siete minutos para estar en pie en po­si­ción de aten­ción bañado y unifor­mado correctamente con zapa­tos negros.

Se echó agua rápi­damente y se ­vistió enseguida.  El pro­blema fue al buscar los zapatos. Sólo encontraba uno negro y otro marrón, así que buscaba desesperado el otro za­­pato negro sin éxito.  Parece que los demás guardias le habían jugado una broma a él, joven de Alta­mira, cerca de Puerto Plata, recién en­listado y le habían escondido el otro zapato.

El tiempo corría, Vidal sudaba, en­tonces se le ocurrió buscar la pasta de limpiar negra y em­badurnar a toda prisa el zapato marrón para que pare­ciera negro lo mejor que pudo y corrió a ponerse en for­mación llegando un se­gundo antes que el comandante.

Vio como el oficial superior se de­tenía frente a cada uno de la fila y los inspe­ccionaba rigurosamente de pies a cabeza,

Finalmente llegó su turno, y al mirar los zapatos, preguntó:

“¿Cómo se llama usted?” “¡Vidal, Señor!” “¿Y el otro za­pato negro…?”

Temblando, pero firme, Vidal dijo toda la verdad y luego añadió:   “Señor, al que hace todo lo que puede… no se le puede pedir más”.

Aquella ocurrente frase tocó al co­­man­­dante quien no le puso nin­gún castigo.

Y así se salvó Vidal, por su franqueza y humildad. Esta historia (totalmente cierta), me la rela­taron hace muchos años, pero me ha venido a la me­moria hoy cuando “oigo” a San Juan Bau­tista como una cla­­ri­nada lla­­­man­do a que yo me pre­pare para re­cibir al Señor, el mis­­mo Dios en­car­­nado que está a pun­to de irrumpir en este mundo.

¿Qué hago? ¿Cómo me alisto yo… que sé que “tengo un solo zapato negro”? Me tranquilizan estas palabras del propio Señor Jesucristo:

“No he venido a condenar al mundo” “No he venido a llamar a los justos, sino a los peca­dores” “He venido a salvar lo que estaba perdido” “Quien crea en mí tiene ya la vida eterna, y no morirá nunca”.

¡Oh Señor, yo soy Vidal! ¡Cuánto me alegro de que tú no eres un guardia exigente, sino un Dios com­pasivo y misericordioso!!!

El Señor Jesús es el Amor perso­ni­ficado. En Él no hay doblez, sólo cariño hacia los que creemos en Él.

Lo que vamos a celebrar es que Él vino, se encarnó de la Virgen, y por amor a usted y hacia mí, aceptó voluntariamente su ho­rrenda pa­sión y su humillante muerte. Pero él había dicho que resucitaría al tercer día y ¡así lo hizo! Ven­ciendo así el úl­timo enemigo que nos quedaba, venció la muerte.

Por eso hoy sabemos que no moriremos nunca, pues poseemos ya la vida eterna de felicidad absoluta en su compañía y la de nues­tros seres más queridos.

Esta Navidad, si compren­demos esto, será la fiesta de nuestro GO­ZO INTERIOR, sabiendo que esta vida no es sino la oportunidad pa­ra saber y creer esto, y nada más.

¡Celebrémosla con el CORA­ZÓN ABIERTO a esta maravillosa realidad!

 

LA PREGUNTA DE HOY

 

¿Cómo prepararse para una más

auténtica y mejor Navidad?

 

Con lenguaje conciso, señaló el beato John Henry Newman: “el que no es capaz de rezar por la venida de Cri­­sto a su cora­­zón, no debe, por coh­e­r­e­ncia, re­zar por nada”.

Pedir bienes del orden que sea sin desear en­con­rse con el amor que los hace posible, sig­nifica no entender nada.

Se embota la mente porque confun­dimos nuestro verdadero bien con la seguridad y la satis­facción que aquí podemos obtener.

El único verdadero bien es descubrir el Amor personal y único de Jesucristo.