Una petición a quemarropa

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Sí, así es. A quemarropa es pronunciada la petición que los hermanos Santiago y Juan, dirigen a Jesús. Ade­más, la formulan sin ningún tipo de delicadeza: “Maes­tro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”. Ni un “por favor”, ni un “queremos pedirte”. Sin nada de vergüenza; van a lo suyo. ¿La petición? “Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu iz­quierda”. Nada más ni nada menos. Piden dos puestos que le garanticen el poder. Como para rasgarse las ves­tiduras, después de las ense­ñanzas que Jesús había im­partido.

La respuesta del Maestro les hace caer en la cuenta de que no han entendido nada de su propuesta mesiánica: “No saben lo que piden”. Cómo van a saber lo que piden si su petición es totalmente contraria a lo que Jesús les venía enseñando hasta ese momento. Ellos van tras el poder, mientras que el Maestro va haciendo el camino de la cruz. Un camino que conlleva la en­trega de la propia persona, que implica beber un cáliz distinto al acostumbrado por los hombres, sumergirse en un bautismo de vida nueva. Cáliz y bautismo son aquí imágenes de la pasión y muerte de Jesús. “Esta es mi sangre”, dirá en la Última Cena. La pregunta que les plantea Jesús recoge este pensamiento: “¿son capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizarse con el bautismo con que yo me voy a bautizar?” Sangre y agua es lo que sale del costado abierto de Cristo cruci­fi­cado, otro modo de hacerse realidad este aconteci­miento.

Las ilusiones políticas de estos dos apóstoles son evidentes. Su comprensión del Reino de Dios es semejante a la que tenía mucha gente de su entorno. Ellos no son más que representantes de una mentalidad. Conciben el Reino de Dios desde las ­categorías del poder. Ellos quieren ser los que encabe­cen el consejo de ministros en el reino que presidiría Jesús. Lo que tal vez aún no entienden es que el trono del Nazareno sería la cruz. Jesús con su respuesta pulveriza la concepción mesiánica nacio­nalista que predominaba en la Palestina de su tiempo.

Pero hay más. Los otros diez discípulos muestran su indignación ante la petición de los dos hermanos. El tex­to lo dice muy claramente: “Los otros diez, al oír aque­llo, se indignaron contra Santiago y Juan”. Un lector perspicaz no pasará por alto que la posible indignación de aquellos diez se podría deber a que no se les ocurrió primero a ellos hacer la mis­ma petición. Seguro que también a ellos se les había ocurrido ocupar los principales cargos en un posible gobierno de Jesús. Tal vez por eso el Maestro no se diri­ge solo a los hijos del Zebe­deo para corregirlos en su actitud, sino que los reunió a todos.

Aparece así la tercera en­señanza de Jesús en este bloque del Evangelio según san Marcos, correspondiente al tercer anuncio de la Pa­sión. Se trata de una ense­ñanza sobre el servicio en la comunidad. El servicio ­constituye para Jesús la ley fundamental que debe soste­ner la vida comunitaria; es la concreción del amor. En eso consiste la verdadera “carre­ra” cristiana. La grandeza del discípulo de Jesús se mide con la vara del servicio que desempeña a los demás.

El Maestro es el ejemplo vivo de ese comportamiento.  Y no olvidemos que la exigencia que había puesto des­pués del primer anuncio era la negación de sí mismo, cargar con la cruz y seguirle. El servicio a los demás en la comunidad de fe es la reali­zación de todo eso.