Podríamos haber hecho los más interesantes y nobles estudios. Podríamos haber obtenido las  mejores licenciaturas y cursos de postgrado, o tener grandes doctorados, pero como las cátedras que nos da la vida, nada se iguala.

Es un aprendizaje que comienza desde el día que nacemos y la graduación tristemente vendría con la muerte. Para el creyente la celebraría en el cielo, porque cada día se aprende algo nuevo y cada etapa de la vida nos sorprende, hay cursos y materias que debemos a veces repetir aunque se tengan muchos años de haberlos realizados. Muchas veces creemos agotadas y superadas ciertas acciones en nuestra existencia, pero no, vuelven y con mayor intensidad que antes, con nuevos bríos y nos arropan y sorprenden. Sentimientos que creíamos que eran agua pasada y se vuelcan de nuevo en nuestra contra, haciéndonos pasar un mal rato a los que están a nuestro lado.

Esa es la vida, guía y maestra de nuestro ser en el tiempo y con los demás, en una búsqueda insaciable de respuestas y de Dios. A veces damos con ellas, pero se agotan rápido, porque hay nuevas fronteras que se han traspasado, porque en nosotros hay ese continuo ir más allá. En términos del Padre Mateo Andrés: ir tras nuestra intradistancia, que es a la postre lo que hace que uno necesite aprender y conocer. Somos seres inacabados en este mundo, incluso nuestra generación es la antesala de otra en la cadena evolutiva de los seres humanos. A ellos les dejamos muchas cosas y ellos se encargarán a su modo de dejarle a la siguiente, y aunque sean cosas viejas siempre serán novedosas para el que lo recibe y la rueda griega de la historia hará que en algún momento puedan aparecer en sus vidas enseñándoles de nuevo.

Por eso nada de cerrazones, hay que continuar el camino de la vida, ese transcurrir providente que nos lleva por los diversos lugares del mundo y de nuestro ser, seguir aprendiendo y conociendo, dinámica que no se agota y es permanente, pues en el momento que unos se detiene en ella enferma y de mala manera, pues se postra, se inhibe y no hay arranque, ni quehacer; pero también el grosor del conocimiento vivido, la vuelta de la experiencia, o de lo ya vivido, puede también inhibirnos, paralizarnos, la repetición de los cursos, pero no, si volvieron por algo fue, algo nos faltó remediar y aprender, y ahora es el momento. Debemos dejarnos de nuevo enseñar, aprender lo aprendido, a la luz de los criterios y problemática de hoy, y pasar el curso o la asignatura pendiente, en la búsqueda del fruto de la madurez o pase de curso, para seguir tomando nuevas materias, nuevos cursos, para seguir viviendo.

Vivir es hermoso, aprender es bello, cuesta sí, y hasta a veces duele, pero es lo propio de esta criatura de Dios que es el hombre. Son designios del Creador, cosas de él, seguro sabe porque lo permite, hace que la vida no se agote en una dimensión sino en múltiples y una es la de enseñarnos y guiarnos en este mundo que él hizo para nosotros, y nos invita a vivirlo con intensidad, sabiendo que los malos momentos pasarán. Que la vida no se agota en un instante o tiempo, sino que es todo un universo de posibilidades, donde cada día se aprende algo, se conoce más, y con lo aprendido se abren nuevas oportunidades, nuevas cosas que le van dando sentido a este regalo bello que es la misma vida, guía y maestra nuestra.