Tiempo de esperanza

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Hace poco leí: “El que vive de la esperanza ve más lejos. El que vive del amor ve más profundamente.  El que vive de la fe lo ve todo en una nueva luz”. Los cristianos sabemos que la fe, la esperanza y la caridad son la vida de Dios en nosotros, por eso, las llamamos “virtudes teologales”.

Decimos que la Navidad es tiempo de esperanza. No se trata solo de esperar, como quien cruza los brazos y las piernas, sentado. La esperanza nos dona amplitud de miras, horizontes nuevos. El amor nos ayuda a profundizar en el sentido de la vida. Y la fe es como una lámpara que se enciende ante el misterio de nuestra vida, revelándolo: ¿de dónde vengo?, ¿hacia dónde voy?, ¿qué sentido tiene mi vida?

Finalizamos un año particularmente difícil, lleno de desafíos. ¡Y lo culminamos con ojos llenos de esperanza! Una esperanza que no es ilusión: la contemplamos en el Niño de Belén, que viene para salvarnos. Sabemos qué significa esa salvación. La luz que contemplamos en el pesebre encuentra su plenitud en la resurrección, pasando por la cruz.

Ese es el simbolismo del árbol de Navidad: en sus luces está escondida la luz esplendorosa de la resurrección; sus ramas, siempre verdes (y ese es el árbol original), nos hablan de la vida sin fin del Resucitado.

Este es el verdadero “espíritu de la Navidad”. No la idea de algo esotérico que viene por un tiempo determinado a crear un ambiente, sino el de acoger este amor extremo que es capaz de hacerse uno como nosotros, caminar por esta tierra haciendo el bien, hasta la entrega total y extrema en la cruz. Una entrega que es vida abundante para todos los que quieren acogerse a la sombra de este árbol frondoso, del que recibimos la vida de Dios.