¿Te importa el  “qué dirán”?

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–Pedro Domínguez

Era de madrugada. Buscaba a un amigo que vive en un barrio popular de Santiago; íbamos a la Capital a realizar diligencias. Cuando, de pronto, noto que uno de sus vecinos se muda. Tocamos el tema y reflexioné lo siguiente, resumiéndolo al final en forma de verso.

Algunos pobres se mudan de noche pues les avergüenza que vean sus tiestos, fiel reflejo de indigencia e infortunio. También entre los ricos (los aparentes y los reales) el qué dirán es el pan de cada día. Muchos se desviven por esconder lo que son y enseñar lo que anhelan ser, tanto en cuestiones trascendentes como en nimiedades.

En estos casos la apariencia es parte esencial de la cotidianidad, pues la define. Ellos respiran y actúan pensando en la opinión del otro, porque ese otro es el que determina sus pasos. He contemplado a damillas vestidas con glamour criticando las bachatas que alguien coloca dizque porque son vulgares, pero de manera inconsciente, mientras se burlan de la melodía, tararean las letras, meneando sus pies con ritmo y todo. ¡Ah, la hipocresía!

Ser auténtico es despojarse de complejos y quien lo logra trasciende en un mundo que no es ajeno a la mediocridad, zancadilla y envidia, aunque los corazones nobles sean mayoría. Admiro a los que se respetan a sí mismos, con criterios definidos, pues son los que mejor se aman y aman al prójimo y son dignos referencias a seguir.

Quien se valora enfrenta gallardamente los obstáculos y tiende a vencer. Su conducta contagia voluntades y de su cuerpo resplandece un aura que hasta puede tocarse. Debemos fortalecer nuestra personalidad en vez de debilitarla. Hagamos lo correcto, siendo sanamente libres, sin tomar en cuenta lo superficial, o la opinión interesada del esclavo de espíritu. No vivamos del qué dirán, seamos nuestros propios protagonistas.

Esto lo escribí luego de regresar de Santo Domingo. “El camión, posado en la entrada de tu rancho, promovía en la oxidada parte trasera: “mudanza y acarreo”. La noche escondía tu miseria: tiestos carcomidos, bichos rejuvenecidos.

La sensatez incendio hubiese elegido, a lo destinado cambiar de techo. Montón de porquerías sin vocación siquiera, de desechable o reciclable. La tiniebla  pretendía opacar el alma de la nada, la ausencia del todo.

Luces apagadas, vecindario no bienvenido. El despido del entorno opción no era, descortesía preferiste que realidad mostrar.  Secreto lo de dentro, “la pobreza no se expone, la vergüenza se entierra”, pensabas.

Arraigado sentimiento de tu alrededor, engaño colectivo para encubrir penurias. ¡Que doloroso, encadenado  a un qué dirán, no exclusivo de los descalzos! Vivirás desnudo, hambriento, congelado hirviendo; o calcado muriendo seguirás”. ¿Te importa el  “qué dirán”?