Su inquietud lo salvó

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La salvación de Zaqueo comienza por una mi­rada

 

Hoy sabemos que Jericó es una de las ciudades más anti­guas con asentamiento hu­mano. Sabemos también que era un enclave muy importante en la ruta que llevaba a Jerusalén si se iba en sentido norte-sur. Solía ser una última parada obligada antes de empezar a subir a la Ciudad Santa. El alto flujo comercial, lo mismo que su gran producción datilera, hizo de ella una ciudad prominente y uno de los puntos de recaudación de impuestos más importantes de la zona.

El Evangelio de este do­mingo nos habla de uno de sus recaudadores, el jefe de los demás de la región: Zaqueo. De él se nos dicen tres cosas: era jefe de publicanos (co­braban impuestos para Roma), rico (posiblemente gracias a la corrupción) y pequeño de estatura (una nota que podría apuntar más allá de su esta­tura física). No obstante, tal vez lo más importante de Za­queo sea lo que no se nos dice explícitamente de él: era un hombre inquieto que quería saber más so­bre Jesús. Su in­quietud lo salvó. Pasó de la curiosidad a la acogida y ese paso lo salvó: “hoy ha sido la salvación de esta casa”.

La murmuración de la gen­te cuando Jesús le dice que ese día lo visitará en su casa indica que se trata de una persona bastante conocida en la ciudad. ¡Quién no conoce al estafador del pueblo! Recor­demos que los recaudadores de impuestos se aprovechaban de su posición para co­meter continuos abusos contra la indefensa población ex­torsionada por ellos. Zaqueo tenía que ser un tipo bastante repudiado por los pobladores de Jericó. Era un pecador público.

Jesús, como siempre, va más allá de lo que se ve. Des­cubre en Zaqueo un corazón en búsqueda de algo más que lo que lo ocupaba hasta en­tonces. Su corrida y subida a la higuera revelan su ardiente deseo de que su mirada se encontrara con la de Jesús. Para su sorpresa el Nazareno lo ve y le habla primero. Quien quería ver es visto. Su corazón inquieto se acelera, la rapidez con la que baja del árbol y la alegría con que re­cibe a Jesús indica la auténtica conversión de corazón te­nida por aquel hombre. Una mirada y pocas palabras bastaron para que se diera aquel encuentro que resultaría transformador para un hombre que había achicado su existencia hasta reducirla a un oficio despreciable. Si antes vivía condenado por la mirada de sus compueblanos, ahora es salvado por otra mi­rada, la mirada misericordio­sa de Jesús.

Con su mirada, Jesús rom­pe la corteza que envuelve a Zaqueo (lo único que la gente ve) y penetra en su misterio personal para descubrir allí otra persona, al verdadero Zaqueo; aquel que se había negado a salir a la vista de los demás, tal vez por negación de sí mismo. Este hombre solo había sido capaz de mos­trar un pedazo muy reducido de sí mismo. Su baja estatura, señalada por el evangelio, es más que un simple dato. Ha­bía sido incapaz de revelar la grandeza que encerraba en su caparazón. Jesús lo hace re­ventar y por fin sale a la luz. Su mirada, como un láser, hace pedazos la dureza de un alma petrificada.

Sí, la salvación de Zaqueo comienza por una mi­rada. Aquella que le ha revelado la grande­za que mantenía comprimida con la bota de la ambición. Mientras Zaqueo se afanaba por hacerse grande a sí mis­mo se mantuvo raquítico. Solo cuando fue sacado de sí mismo pudo expandir su restringido ego hasta despa­rramarse en bondad y justicia hacia los otros: “la mitad de mis bienes se la doy a los po­bres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más”.