SOR MANUELA (MAGDALENA) VALDEZ SIERRA

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Nació en Santiago de los Caballeros, el 24 de diciembre de 1922.   

Inició el Noviciado, en Santo Domingo, el 19 de marzo de 1949. Hizo su Primera Profesión en Santo Domingo, el 20 de marzo de 1950, y los votos perpetuos en Santo Domingo, el 20 de marzo de 1956. Falleció en Santiago de los Caballeros, el día 13 de enero de 2022, a los 99 años de edad y 71 de vida consagrada. Perteneció a la comunidad Colegio “Sagrado Corazón” en Santiago de los Caballeros-República Dominicana.

Sus padres fueron  don Agustín Valdez y de doña María Sierra. Fue bautizaron el 13 de septiembre de 1928. Estudió docencia, en la Escuela Normal de Santiago, en el año 1942. Antes de ingresar a la Congregación trabajó como maestra en el colegio San Rafael, en San Cristóbal, desde 1945 a 1947.

Como mercedaria, ejerció su misión apostólica en diferentes centros educativos, siendo su primera comunidad de misión, el colegio San Rafael (San Cristóbal), donde se desempeñó como maestra de nivel básico, además de trabajar en la catequesis parroquial. 

Posteriormente, fue trasladada al colegio Nuestra Señora del Carmen, en Bella Vista, Santiago, donde también fue maestra de nivel básico y trabajó en la evangelización del barrio. Mas adelante, trabajó en el colegio Nuestra Señora de las Mercedes, el Santo Cerro, La Vega, evangelizando, a su vez, los campos circundantes.

En el colegio San José, de Montecristi, se desempeñó como maestra y a la par, dedicada a la evangelización de los campos y la ciudad. Siguió su itinerario en la comunidad de Nigua, San Cristóbal, donde trabajó con los leprosos y sus familias y, viendo la necesidad de una buena educación para los hijos de los mismos, logró obtener para ellos, la educación básica con la ayuda de benefactores y proyectos de financiamiento para el pago de los docentes. En su retorno a la comunidad de Montecristi trabajó en la cárcel con los internos y en la evangelización de los campos. Realizó, también, su servicio caritativo en la comunidad del Hospicio San Vicente de Paul, en Santiago, ayudando a los ancianos. Fue en la comunidad de Bella Vista, en Santiago, donde se dedicó en cuerpo y alma a la atención de los presos, a los que llamaba hijos, viendo en ellos al mismo Jesús y a quienes asistió en sus necesidades espirituales y corporales, incluyendo a sus familias. 

Antes de la pandemia y pesar de su avanzada edad, siguió activa en la pastoral carcelaria, habiéndose convertido en madre espiritual de los privados de libertad. ¡Mamá!, se escuchaba decir en cuanto llegaba al Penal. 

Cambió la vida de cientos de personas gracias a su gesto maternal y a su acompañamiento cercano y afectivo. Con esmero y dedicación participaba en los talleres de Oración y Vida de Ignacio Larrañaga, tanto en la cárcel como fuera de ella.

Amante de la Congregación y de nuestro Padre Fundador, con un profundo amor a nuestra Madre de la Merced, se destacó por su capacidad de entrega, sacrificio y trabajo. Siempre resaltaba lo positivo de las personas. 

Su trabajo silencioso en favor de los excluidos, se desplegó plenamente en el servicio a los reclusos de las cárceles, buscando mejorar sus condiciones de vida. Mujer de Dios, honesta, humilde, obediente, serena y contemplativa; de sonrisa amplia y acogedora. 

Por su labor caritativa en las cárceles fue muy reconocida y apreciada. En una entrevista manifestó que: “La caridad es la necesidad que siente en su corazón para convertirse en una servidora del Señor. Esa virtud, decía, es el punto de unión donde van a parar todas las demás virtudes”, Dichas palabras reflejaban vivamente el carisma de caridad redentora, legado por nuestro fundador y que ella, hizo vida. Muchos reconocieron la misericordia de Jesús en su rostro.

En mujeres como sor Magdalena, los pobres, los excluidos y las personas de fe y sencillo corazón, descubrían a Cristo, presente y actuante, liberando y sirviendo en medio de ellos. ¡Gracias, sor Magdalena por tu vida fecunda!

 

¡Descansa en paz!