Sor Lourdes Pantaleón González regresó a la Casa del Padre

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Sor Lourdes Isolina Pantaleón González, nació el 8 de noviembre de 1939 en Conu­co, provincia Herma­nas Mirabal. Hija de Faus­tino Pantaleón y Alejan­drina González. Ingresó a la Congrega­ción Mercedarias de la Caridad, el 28 de no­viembre de 1957, ha­ciendo su primera profesión el 5 de junio de 1959. Murió a los 80 años de edad y a los 60 de vida religiosa.

Mujer de fe inquebrantable y muy educada, fiel ejemplo de templanza, ternura, bondad, equilibrio, mi­sericordia, sencillez y trato afable; vivo reflejo de humildad, compasión. Sensi­ble al do­lor de los des­poseí­dos, tenaz, responsa­ble, con permanente actitud de laboriosidad.

Ejerció el ministerio de la educación con esmero, particularmente en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús y el Centro Educativo San Rafael; desempeñó los cargos de consejera pro­vincial, maestra de no­vicias y superiora de comunidad.

Su trabajo lo asumía con una férrea determinación, con calidez y calidad; como mercedaria podríamos de­cir, al estilo del Padre Funda­dor: la religiosa mercedaria debe educar más con el ejemplo que con las palabras. Este testimonio moti­vaba a los que compartían con ella a vivir la fe, a imagen y semejanza de Jesús. Pode­mos decir, también de ella que como Jesús pasó por la vida ha­ciendo el bien. Siem­pre ins­piraba a los que se relacionaban con ella un profundo amor a María de la Merced, constantemente hacía referencia a la huma­nidad y obediencia cualidades pro­pias de María de la Merced.

Tenía muy marcado el sentido comunitario y de pertenencia a la Con­gregación. Siempre estuvo atenta a los acontecimientos congregacionales y oraba por ellos. Podemos decir de Lourdes que hizo de los valores mercedarios un estilo de vida auténtico. Fue fiel a su vocación, y vivió con alegría el carisma de la caridad redentora a todas sus dimensiones. Asumió con gallardía los retos y desafíos que le impuso sus situaciones de salud. Fue una paciente receptiva y agradecida, mantuvo siempre la confianza de que si Dios está presente todo sale ben.

Su vida fue una bendición tanto para las Hermanas como para los que se relacionaban con ella. Todos los que se acercaban a ella reci­bían un bálsamo de paz y tranquilidad.

Como diría el Padre Fundador: su paso por la tierra se asemeja a un astro que ilumina sin quemar, a un arroyo que fecunda sin inundar y a una ráfaga que purifica sin destruir. Gracias por tu entrega. Tu testimonio es un legado a las generaciones presentes y futuras. Descanse en Paz Lourdes.