“Sobre las cosas últimas”

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Último domingo del año litúrgico. Última escena del último discurso de Jesús se­gún el Evangelio de Mateo. “Sobre las cosas últimas”, se suele decir que versa la parte de la teología que trata sobre los últimos acontecimientos de la historia y el juicio final. Todo esto en el marco de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. De hecho, en el Evangelio que leemos este domingo Jesús aparece como Hijo del hombre y co­mo Rey. Como Juez y como Pastor. Con toda la carga significativa que encierran ambos conceptos.

El juez, el encargado de emitir un juicio, tiene como tarea discernir; esto es, pasar algo por el cedazo para que lo sustancial quede separado de lo que debe ser rechazado. Además, es pastor. Su juicio no es arbitrario ni está motivado por un afán previo de condenación, sino de protección de las ovejas con respeto de las cabras.

El relato del Evangelio no podía ser más gráfico en ese sentido. Nos presenta una escena revestida de una so­lemnidad grandiosa. El Hijo del hombre (Jesucristo) apa­rece sentando en un trono de gloria, cabalgando sobre nu­bes y rodeado de ángeles. Ante él aparecen todas las naciones de la tierra, ovejas y cabras. Mansos y cimarrones, podríamos decir. Es la hora del juicio final. Un juicio que versa sobre el hacer de cada persona. El responsable de llevarlo a cabo, como ya he­mos dicho, no se identifica únicamente con un juez, sino también con un pastor. Se trata, por consiguiente, de un juicio de salvación. El rey pastor separa las cabras de las ovejas para que las primeras no les hagan daño a las se­gundas.

Cabras y ovejas son colocadas en polos opuestos. No se trata de una separación ca­prichosa, sino el resultado del particular estilo de vida de unas y otras. Las de un lado son catalogadas como “benditas”, a las del otro se las considera “malditas”. Una palabra buena recae sobre las primeras, una palabra mala sobre las segundas. Haber he­cho el bien o haber dejado de hacerlo es el criterio para la separación. El amor aparece, así, como el tema del examen final. ¿Amaste?, se nos preguntará aquel último día. La pregunta decisiva no versará sobre la fe, sino sobre el amor. “Las cosas últimas” que­dan de este modo sintetizadas en una sola palabra: el amor. Pero no se trata del amor de las revistas rosas, sino del amor solidario, que ve la ne­cesidad del otro y acude en su ayuda. Nadie puede huir de esa pregunta. El Evangelio sintetiza en seis categorías todas las posibles necesida­des humanas: comida, bebida, vestido, salud, acogida del extranjero y visita a los presos. Fijémonos que nada de eso apunta a cuestiones propiamente religiosas y sin embargo es con lo que Jesús se identifica.

Con este relato Jesús no pretende moralizar, sino po­ner en evidencia que Él está presente en cada persona que acogemos o rechazamos, especialmente en aquellas que más nos necesitan.

Practicar la misericordia con una persona que padece alguna de esas situaciones es hacerlo con el propio Jesús.

El amor no es una puerta que cierra, sino una puerta que abre. Al hacer la clasificación de ovejas y cabras el juez-pastor no está cerrándo­le las puertas a las últimas, sino abriéndoselas a las pri­meras.

 

 

Finalmente (perdonen la inserción abrupta de lo que viene a continuación), habiendo llegado al término de este ciclo litúrgico quiero agradecer a todos los que me han seguido du­rante catorce años con la lectura de mis comentarios dominicales en esta columna del Semanario CAMINO. Pienso que ya es hora de dar un paso al costado en esta tarea que libremente asumí ante el vacío dejado por la dolorosa pérdida del padre Ramón Dubert (¡hace ya quince años!), tarea que he tratado de llevar a cabo sin ningún interés personal y con gran dedicación. Agradezco a todo el personal de CAMINO su acogida, cariño y apoyo. Al terminar este año litúrgico nuestra mirada vislumbra uno nuevo. El Adviento aparece ante nuestros ojos como tiempo nuevo de posibilidades infinitas. El próximo domingo será testigo de ello. Mi gratitud.