Seminarista

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Entrega No. 15

 

Las fiestas de San José se celebraban en mi comunidad con mucha participación de fie­les, aunque no tantos como en la de La Reina de los Án­geles. Se hacía un novenario completo.

Al Padre J. E. G. B. le en­cantaba el béisbol, por lo que había formado un equipo con jóvenes de San José, entre ellos Domingo Sánchez (Pio­gán), que luego sería el espo­so de María Amantina Bretón (Chicha), y empleado perpe­tuo de Don Manuel Arsenio Ureña. En una de las fiestas, llegó el Padre temprano, y empezaron un partido de béisbol. Llegó la hora de la Misa y mi tía Beatriz le man­dó aviso al Padre; éste le mandó a decir que comenzara el rezo del Rosario. Luego que iniciara la novena. Pasó la novena, pasaron los dolo­res y gozos, pasó todo y el Padre no llegó para la Misa.

Años después de esto, siendo yo seminarista, me tocó alojarme en el mismo almacencito donde el Padre J. E. G. B. se alojaba cuando iba a Ojo de Agua, Gaspar Hernández (se llega por este municipio, pero colinda con Villa Trina). Esto era en casa de Antonio Méndez (Mendre, decía el mismo Antonio) y su esposa Bartola. Me contó Bartola que un día el Padre comió, y dijo que la siesta la dormiría en el cafetal que quedaba detrás de la casa, en un terreno bastante inclinado; como el Padre insistió, colocaron un bastidor en sillas, según pudieron. Entonces el Padre dijo que debían subirlo al bastidor; Bartola y Leo­nidas, hija de los vecinos, le echaron mano al Padre para subirlo a la improvisada cama, pero a ambas mujeres las atacó la risa. Lo soltaron antes de tiempo, cayó en el borde del bastidor y éste lo arropó. Las mujeres tuvieron chiste para varios días y, al contármelo, todavía se reían de buen grado.

En este lugar construyó el Padre un pley (estadio de béisbol), lo que no deja de ser un prodigio, en una loma.

Les traía baúles llenos de cosas de Nueva York, y mu­chos re­cortes de dulce de la confitera de Santiago. Esta gente lo quería muchísimo. Después de todo era además sacerdote, algo muy grande para estas personas. Por eso mismo le toleraron que un día invitó a la gente, dispersa por las lomas, para la Misa a las nueve de la mañana. El Padre colgó su hamaca entre dos árboles y se echó a dormir. A las nueve y media se acerca alguien a recordarle al Padre la Misa y éste le dice: “Será un poco más tarde.”

Vuelve la gente a preguntarle a las diez: “Más tarde.” Vuelven a las once… Final­mente el Padre les dijo: digan a la gente que se vaya, que la Misa será por la tarde. (Eran otros tiempos, y otra gen­te…).

Ojo de Agua debe su nombre al charco más o me­nos circular que forma una corriente que baja soterrada de la montaña, dando inicio a un pequeño río de aguas normalmente frías (me bañé varias veces en él). Supe que aquí llevó el Padre doce hombres a bañarse, y a cada uno le entregó una pasta de jabón de lavar, diciéndoles que has­ta que no se gastara la pasta de cada uno, nadie se iría del lugar.

Pero otro cuento clásico del Padre es éste: Dormían todos, por allá en una loma y, de pronto, al Padre le da un dolor. Se levantan, lo colocan en una parihuela y salen con él hacia el pueblo. Suben loma y bajan loma, con el Padre a cuestas, llenos de sudor. Al llegar a un llanito, éste levanta una mano y hace la señal de detenerse. Los hombres se detienen. El Pa­dre se incorpora un poco, y les dice: “¡Inocente maripo­sa!”. (¡Era el 28 de diciembre, día de los Santos Ino­centes!). Pero volvamos a lo nues­tro.

He contado travesuras de otros seminaristas, pero se supone que yo también tendré alguna. A decir verdad, aparte de alguna ya referida, sólo recuerdo que un medio­día, en el comedor, rezamos e íbamos a sentarnos. En mala hora se me ocurrió halarle la silla a Rafael (Felo) Luna, el hijo de Ángel, de Canca La Reina, justo cuando iba a sentarse. Cayó completamente hacia atrás. Creo que el golpe me dolió a mí más que a él. (Gracias a Dios que no pasó nada, y que éramos amigos).

De Canca era también Abel Medina, hijo de Lino Medina; Abel tenía una magnífica colección de sellos postales, muy superior a la mía, pues fue enriquecida por un hallazgo que hizo de cartas antiguas, sobre el cielo raso de la casa de sus abuelos.

El grupo de mis vecinos seminaristas se engrosaría luego con Lino Rojas y Félix Martínez (Negro).