Seminarista

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Entrega No. 14

 

Debo gratitud a infini­dad de personas que me ayudaron en ese tiempo. Primero a mi familia, pues sin su oración, su comprensión y ayuda, hubiera sido difícil continuar. Y a tantas personas más. Juan Martí­nez, por ejemplo, buscaba mi ropa para que la lavaran en casa, y después me la llevaba al Seminario; (Juan llegó de La Línea Noroeste con el nombre de Anacleto, que luego cambió por Juan). El mismo servicio haría después el inolvidable Domingo Guzmán Bretón. Estaba también todo el personal del seminario: María Estela, mi tía Inés, Élida, Prieta (Aminta), po­nían los pisos como espejos; Ne­reida y otras preparaban la ropa; Lupe Ceballos atendía las flores y otras cosas; en la cocina estaban Fran­cisca, Carmen; después vinieron Bango y una le­gión de da­mas atentas. En la recepción, Mercedes (Chea) Ure­ña, magnífica catequis­ta.

Entre los vecinos sobresalía por su espíritu de servicio Doña Ninita y su esposo Manuel Fernández, padres de mi comadre Yo­landa, de mi amigo Félix, de Elsa (religiosa Sierva de María) y de tres damas más.

Las tierras del Seminario eran atendidas por Carlito Portes, de Las Palomas, Licey. Éste viajó una vez en peregrinación a Higüey y, al volver, le entregó una tabla de dulce al Padre Moya, mientras le decía con su acento peculiar: “Mire Pa­dre Moya, eso le traje de Higüey”. El Padre le dijo que para qué se puso a gastar dinero… En eso miró el Padre Moya la etiqueta del dulce y notó que decía: Dul­cería Selecta, de Licey al Medio. Y le dijo a Carlito: “Yo creía que usted me lo había traído de Higüey…”. Carlito le contestó: “Sí Pa­dre, yo se lo compré cuando venía de Higüey”.

El mismo Padre Moya fue a España a realizar unos estudios y, mientras estuvo fuera, lo sustituyó Mons. Gilberto Jiménez. Cuando ya se acercaba la fecha de regreso, otro sacerdote que frecuentaba el Seminario, a quien llamaremos el Padre J. E. G. B., quiso organizarle el despacho (la Rec­toría) al Padre Moya. Yo fui uno de los elegidos para la limpieza. El escritorio del Padre Moya era siempre una montaña de cosas, pero él sabía dónde estaba todo. Echamos agua y jabón por todas partes, mientras el Padre J. E. G. B. supervisaba desde la silla del Rector. Cuando íbamos a limpiar en el lado en donde él estaba, no se levantaba, sino que teníamos que cargarlo –y era pesado– con todo y silla; mientras lo llevába­mos, él alzaba los brazotes y decía: “El Papa, el Papa”, como si se tratase de la silla gestatoria, que estaba aún en boga.

En la Rectoría hay un depósito elevado al que se llega por una pequeña esca­lera; el Padre J. E. G. B. ha­bía guardado en él varias cajas llenas de paletas (bombones) de las grandes. Cuando el Padre salía de la Rectoría, yo me tre­paba al depósito y lanzaba hacia abajo un chorro de las refe­ridas paletas. Era grande la diversión.

Concluida la lim­pieza se organizó todo; el mismo Padre organizó el escritorio: libro con libro, carta con carta, papel con papel …, y nos fuimos. El problema fue cuando llegó el Padre Moya: no encontraba nada de lo que había dejado. Todo estaba dema­siado organizado.

El ciclo narrativo del Padre J. E. G. B. es amplísimo. Yo, que me considero bastante conocedor del mis­mo, me limitaré a algunas cosas.

Debe saberse que lo co­nocí siendo yo un niño de 9 ó 10 años, pues él fue Vi­cario de nuestra parroquia N. S. del Rosario, de Moca. (Licey San José pasó a per­tenecer a la parroquia Sa­grado Corazón de Jesús, de Licey, a partir del 2 de no­viembre del 1968).

El Padre J. E. G. B. tenía fama de ser un buen tenor y también un conductor ex­cepcional. Solo que, suce­dió después, en varias ocasiones fue a Santiago en el vehículo del Seminario (station blanca), y hubo que mandar a recoger el vehículo, pues el Padre regresaba en público, dejando el propio vehículo olvidado.

Me cuenta mi hermano Constantino que en este mismo vehículo salieron un día a celebrar una Misa, mi hermano era el monaguillo; el Padre no se percató de que el pavo real del Semi­na­rio iba en la parte trasera con ellos. Al llegar al lugar y darse cuenta de que el animal los acompañaba, el Pa­dre le asignó al monaguillo la tarea de cuidar al pavo real, en lo que él celebraba la Misa.

También se dice que en un campo donde el Padre debía celebrar Misa y había muchos mosquitos, puso de monaguillos a dos respetados señores de la comunidad, con sendos ciga­rros encendidos, para producir el mayor cú­mu­lo de humo que pudie­ran…

Y también una vez, celebrando Misa, le dio un mareo, por lo que a partir de ahí –como era muy amigo de los bom­beros del lugar– se llevaba dos y colocaba uno a cada lado, para que le echaran mano al cura ante la más leve muestra de inestabi­lidad.

Pero la cosa empezó muy atrás.