Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino

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Fui testigo de excepción de un pleito entre Hilario y Jesús Aristy. Parece que por mi costumbre de ser puntual llegué primero al salón de clases de la primera planta (donde luego funcionó la llamada Facultad de Edu­cación). Al mirar yo hacia las ventanas del lado sur, figuré dos cosas que se elevaron y cayeron rápidamen­te. Salí de inmediato y en­contré a Hilario y a Jesús emburujados en el suelo. Me puse a vocear a otros que ya llegaban, y entre todos lo­gramos apartarlos. Hilario era más espíritu que otra cosa, por lo que no le hu­biera ido muy bien con Aristy, deportista, buen ju­gador de basket.

En ese tiempo se jugaba principalmente baloncesto, aunque recuerdo la cancha con algunos hoyos; de hecho sufrí varias luxaciones en los tobillos. Aunque estaba el pley Cardenal Spelman, no recuerdo que se jugara béisbol. Durante las fiestas rectorales sí se usaba en distintas competencias más o menos deportivas. Ahí desa­fié a Fausto Mejía en resis­tencia sin respirar bajo el agua, pero en esto Fausto era imbatible; quedé en se­gundo lugar. Sin embargo, ganamos juntos la carrera de mancuerna, es decir, atados por un pie.

Creo que fue en una de estas fiestas rectorales que nos visitó el pintor y famoso caricaturista Príamo Morel, pariente y alumno del santiaguero Yoryi Morel. Hizo delante de nosotros varias caricaturas, dejándonos con la boca abierta; era increíble la rapidez y perfección con que las dibujaba. Solo re­cuerdo una de Frank Marca­no, en que destacaba la delgadez del cuello y la gran nuez de adán; y también otra de Rafael Corniel, de la que solo recuerdo que, por boca, le trazó velozmente una especie de círculo.

En el Seminario Mayor vivimos todos los tiempos: de ingenuidad, de criticidad; tiempos arremansados y tiempos turbulentos. Eran tiempos de cambio y de crisis en la Iglesia y en el mun­do, en nuestro país –aun siendo una isla– se sentían ambas cosas. Ni siquiera los mismos jesuitas (¡la aguerrida Compañía de Jesús!) pudo salir indemne; varios de sus miembros, Forma­dores nuestros, dejaron el ministerio (incluyendo dos Padres espirituales, o sea Directores Espirituales: Al­berto Roque y Jaime Gonzá­lez Vallejo).

A pesar de todo, una pléyade de buenos jesuitas, fieles hijos de la Iglesia, nos marcaron para siempre; me­jor, Dios por medio de ellos: Francisco José Arnáiz, José Somoza, Benito Blanco, Carlos Benavides, Mateo Andrés y Martín, Jesús Vei­ga, José Saco, Jesús Santiso, José Pérez, Secundino Mar­cilla, Julio Roque de Esco­bar, Fernando de Arango… Los hermanos Ocerin, Flo­rentino, Arteaga, Peláez, Martín…

No olvido al Padre Ma­teo Andrés llevándome en el cepillito (Volkswagen) blanco a donde la Dra. Ga­rrido, a operarme de las amígdalas, para luego reco­germe y llevarme de vuelta al Seminario. Eran verdade­ros Padres para nosotros.

Con cuánto cariño nos servían las monjitas desde la cocina (hasta al Pelotero, mentalmente afectado –huésped casi permanente– lo atendían). También ser­vían en la cocina, Gloria, Chucha (siempre sonreída), Melania y tantas otras da­mas. Había otras que iban de fuera del Seminario a reco­ger la ropa para el lavado (Sonia es el nombre de la que lavaba mi ropa); capita­neaba este grupo la intrépida Antonia, a quien no pudimos enseñarle a pronunciar el apellido de Francisco Mar­cano, pues siempre lo llamaba desde abajo, “¡Man­caaanio!”

Y ya mencioné a Ramón Peguero; estuvo en el Semi­nario desde 1948 hasta poco antes de fallecer, en la década de los ochenta. Era oriundo de El Seibo (¿de Salsi­puedes?). Ya dije que llegó al seminario para ser hermano, y se convirtió en jardinero perpetuo. Ya al final, en la Sarasota, se le olvidaban las cosas. “Padre Retol –le decía al P. Felipe– le de­jaron un mandado”. “Ah, sí, Peguerito. ¿Quién?” Pero Peguero no recordaba. Cuando el Padre preguntaba por el contenido del mensaje, tampoco lo sabía. Pe­guero atribuía todo eso a un accidente que tuvo en su bicicleta; me lo repetía con frecuencia y yo le decía que sí, que así fue. Pero que el único lugar sano que el golpe le dejó en el cerebro fue el de la lotería, pues recordaba todos los números premiados en ella, cualquier domingo de cualquier año. Peguero fue siempre un hombre humilde, y muy piadoso.