Santo Tomás Moro Patrono de los políticos y los gobernantes

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Mediante “Motu Pro­prio” del 31 de octubre del año 2000, el siempre bien recordado San Juan Pablo II, declaró patrono de los gobernantes y de los políticos a Santo Tomás Moro.

Al hacerlo, afirmaba que: “la historia de Santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas injerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la na­turaleza del hombre”.

¿Pero cuáles fueron los principales hitos de esta vida luminosa, que la Igle­sia propone a consideración del mundo como guía y ejemplo de lo que ha de ser un político y un gobernante ético?

Nació el 4 de febrero de 1478 en Milk Street, en ple­no corazón de Inglaterra. Era miembro de la pequeña nobleza londinense, por lo que pudo acceder a una educación esmerada, ingresando a la célebre universidad de Oxford, donde pudo formarse como sólido juris­ta y destacarse como uno de los grandes humanistas de su época.  Se codeaba, entre otros, con el también célebre sabio holandés Erasmo de Rotterdam, de quien fue contemporáneo.

Durante el reinado de Erique VIII desarrolló una meteórica carrera política, ocupando, entre otros cargos, el de Embajador en los Países Bajos (1515), miembro del Consejo privado del Rey (1517), portavoz de la Cámara de los Comunes (1523) y Canciller, desde 1529, siendo el primer laico en ocupar tan renombrando puesto político en Ingla­terra.

Hizo esfuerzos indecibles por preservar la unidad del catolicismo en Inglat­e­rra ante la irrupción del protestantismo. Sus problemas con Enrique VIII se suscitaron cuando en 1532 el monarca pretendió que la Santa Sede anulara su ma­trimonio con Catalina de Aragón, a fines de contraer matrimonio con Ana Bo­lena.

Ante la negativa de la Santa Sede, Enrique VIII, en un acto de soberbia y prepotencia, rompió sus re­laciones con la Iglesia; se apropió de los bienes de los monasterios al tiempo que exigía al clero inglés una sumisión absoluta a sus dictámenes y caprichos.

Tomás Moro se negó a firmar la “ley de sucesión”, que en la práctica equivalía a legitimar el matrimonio irregular de Enrique VIII. Al no poder doblegarle en su entereza de principios, el rey le hizo prisionero en la torre de Londres, en 1534, siendo decapitado el 6 de julio de 1535.

Aún en aquella muerte atroz, tuvo la gracia y la grandeza de espíritu de ver una prueba de Dios. Así es­cribía a su hija Margarita: “…con esta cárcel estoy pa­gando a Dios por los pecados que he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir las pe­nas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si Dios no permite que suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo en­tendamos, ni nos parezca así”.

Nunca presumió de sí mismo, como lo demuestra su hermosa oración del buen humor, que acostumbraba a rezar todos los días.

“Concédeme, Señor,

una buena digestión, y también algo que digerir.

Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla.

Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante el pecado, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no permitas que sufra excesivamente por ese ser tan dominante que

se llama: Y0. Dame, Señor,

el sentido del humor.

Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás.

Así sea.