Sálvate a ti mismo “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

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Jesús llega al final de su camino. Geográficamente ha sido un recorrido que lo ha llevado desde Galilea hasta Jerusalén. Vitalmente culmina en la cruz. Cuando el final geográfico se cruza con el final biográfico tiene lugar una descarga de sentido que estremece el alma. En el caso de Jesús ese momento culminante se encuentra en la cruz. Su trayectoria, tanto topográfica como existencial, encuentra en ella su punto de llegada. El plan de Dios llega a su plena realización.

El largo camino recorrido por el Maestro de Nazaret ha estado matizado por las acciones salvíficas realizadas en favor de otros: Curaciones, liberaciones, resurrecciones, palabras que transmiten aliento, han sido los signos de esa acción salvífica. Ahora, colgado en la cruz, oye por tres ocasiones que le gritan que utilice ese mismo poder para salvarse a sí mismo. Se lo dicen los magistrados, lo mismo que los guardias y uno de los malhechores crucificado con él. Ante todas estas incitaciones su respuesta es un rotundo silencio. Solo abre la boca cuando el tercer condenado aquella tarde le ruega: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Su respuesta no se hace esperar: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Jesucristo nunca utilizó el poder para beneficio propio. Nunca realizó un milagro para su propio provecho. Nunca quiso buscar la salvación de sí mismo. Todo esto únicamente lo hizo cuando el beneficiario era el otro. Tal vez la gran tentación que cruza de punta a punta la vida de Jesús sea, precisamente, la tentación de utilizar el poder divino para su propio beneficio. Se lo propuso el Diablo al inicio de su misión y se lo proponen ahora en los últimos minutos de su existencia. Si lo hubiera hecho, si hubiera utilizado su poder divino en provecho propio con seguridad se hubiera convertido en el monstruo más espantoso de la historia. ¿Te imaginas un hombre que tenga el poder de Dios y lo utilice para su propio beneficio?

Es significativo que este relato se nos proponga en la Fiesta de Jesucristo, Rey del Universo. Con él que nos está diciendo que Jesús es rey, sí; pero no vive como un rey. No tiene séquito ni cortesanos a su servicio. En cuanto rey solo pretende establecer el reino de Dios. Un reino de amor y justicia. De paz y de libertad. Todo lo contrario a los reinos de este mundo. En su reino el centro lo ocupan las personas; no el dinero y el poder político. Su plan de gobierno está dominado por una férrea lucha contra el mal y todas sus manifestaciones. Por mantenerse fiel al desarrollo de ese plan terminó teniendo como trono la cruz. Es el mesianismo que no supieron entender ni sus discípulos ni las autoridades de su tiempo. Y no se diga los discípulos y las autoridades de los nuestros.

En cuanto Rey del Universo es, ante todo rey de sí mismo. No se deja arrastrar por las insidias ajenas que le repiten una y otra vez que utilice su poder para su propio provecho. Más allá de su voluntad de poder prefiere dejarse orientar por su voluntad de trascender, de ir más allá de sí mismo. Salva a los otros y no a sí mismo.

Todo esto se nos revela paradójico como lo es la misma cruz. No me cansaré de repetir que la lógica de Dios no es humana, por eso a veces nos resulta tan escandalosa e in­comprensible. Podría parecer ridículo a los hombres que hoy detentan el poder sea económico, político o religioso y lo usan para provecho propio.

En lo oscuro del fracaso, que podría representar la cruz, se deja ver la única luz que puede sacar de la oscuridad la búsqueda egoísta de nuestros gobernantes: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.