Salvado de su sordera

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Hoy es domingo

Salvado de su sordera

La cerrazón mata, mientras que la apertura es generadora de vida

 

Nuestra cultura se caracteriza por estar dominada por el sentido de la vista. Se le suele llamar cultura o sociedad de la imagen. Los textos de la liturgia de este domingo, por el contrario, nos invitan a promover la cultura de la escucha. En la primera el órgano predominante es el ojo, el sentido de la vista; en la segunda lo es el oído, la audición. ¡Que distinta es una cultura y otra! Con la vista quisiéramos engullirlo todo, bebérnoslo todo. La avidez pareciera ser su pecado característico. Con los oídos, por el contrario, mostramos una cierta actitud de acogida, que no de pasividad. Con los ojos pretendemos envestirlo todo; con los oídos, acoger lo que nos llega. La vista busca desvelarlo todo; la escucha, recibirlo como revelación.

Al sordomudo del Evangelio Jesús le grita “Effetá” (“Ábrete”). Escuchar es abrirse al otro, quien siempre trae una enseñanza (E. Levinas). El otro es un discurso potentísimo que merece ser escuchado. Trae la noticia de la salvación. Él mismo es esa noticia. Su rostro es su discurso. Así como Jesús lo fue para los “desesperanzados” de su tiempo, lo puede ser el otro para nosotros. La cerrazón mata, mientras que la apertura es generadora de vida. ¿No consiste en eso la diferencia entre un lugar herméticamente cerrado y otro ventilado? Lo que permanece encerrado se corrompe muy rápidamente.

En su brevísimo ensayo La expulsión de lo distinto, el filósofo surcoreano Byung Chul Han, señala, no sin poco atrevimiento, que en el futuro tendrá que haber una profesión que se llame oyente. Dice que acudiremos a quien la desempeñe porque apenas quedará en el mundo quien nos escuche. ¿No son los audífonos la señal más clara de esta tendencia? Con ellos nos taponamos los oídos hasta quedar embebidos en nosotros mismos o ahogados en el ruido que nos inyectamos. Mientras Jesús en el Evangelio dice “Ábrete”, nosotros preferimos el encierro.

Escuchar es todo un arte. Momo, el personaje de la historieta de Michael Ende, es una artista de la escucha. Es capaz de escuchar porque es rica de tiempo. Su tiempo no es suyo, es del otro. Por eso lo “gasta” sin que le duela. Y por eso también opera grandes milagros. Cuando se sienta a escuchar su interlocutor va descubriendo lo que necesita por sí solo… hasta que se descubre salvado. Escuchar es un regalo que hago al otro, por eso puede considerarse un don. El otro solo es capaz de hablar cuando se sabe escuchado. El sordomudo del Evangelio es el mejor ejemplo. Solo después de que se le abren los oídos es que recupera la capacidad de hablar. La escucha antecede al habla, tanto si uno se sabe escuchado como si tiene la intención de hablar.

El otro es lenguaje. Un lenguaje sin palabras. Por eso la mayor apertura es la del corazón. Este, más que los oídos, es el órgano de la escucha. La cultura bíblica, cultura de la escucha, se caracteriza por remitir una y otra vez al corazón como órgano de la escucha. La Palabra se escucha y se guarda en el corazón. “Habla, que tu siervo escucha”, podría ser considerada la expresión que mejor recoge la actitud que caracteriza los hombres y mujeres de Dios que aparecen en las Escrituras. Escuchar a alguien es acogerlo a él antes que el sonido que llega a nuestros oídos. “Escucha, Israel” es la llamada de Dios que marca la existencia de su pueblo. Si hay algo que los profetas reprochan permanentemente a los israelitas es precisamente su sordera, concretizada en el endurecimiento del corazón para escuchar y cumplir la voluntad de Dios. Al curar al sordomudo del evangelio, Jesús le salva de la condena de no poder escuchar la Palabra y ponerla por obra, lo salva del aislamiento de la comunidad y de morir ahogado en su propio yo, como Narciso.