Roma, Tierra Santa, Alemania

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Después pude pasar una temporadita en Israel, guiado por mi profesor de Grie­go, el querido Padre Efrem Ravarotto O. F. M., ya falle­cido. En el grupo iba también el Padre Francisco Ozoria. Pudimos visitar los principales lugares santos y tener, además de la expe­riencia de fe, las explicacio­nes autorizadas. En Jerusa­lén visitamos al Padre Ri­cardo Arias, quien entonces estudiaba en la misma ciudad.

Por causa de la violencia no nos fue posible visitar Siquem, en Samaria, y tuvimos que guarecernos donde pudimos para librarnos de algunas pedradas lanzadas desde lo alto, en el torrente Cedrón. Aparte de la santidad de los lugares, me im­presionó mucho el encuentro con la arqueología; todas aquellas colinas (tell) anti­quísimas, o los diversos estratos de la ciudad de Jeri­có. No conocía yo nada parecido a eso.

En el Pio Latinoameri­cano la comida era buena, especialmente la pasta ita­liana. Me encantaba. El vino, cuando lo ponían, era muy malo (tenía químicos, según decían; me era difícil digerirlo). La comida era preparada en el mismo Co­legio por un equipo de da­mas, acompañadas de un grupo de Religiosas, cuya superiora era la Hna. Jesús, con las hermanas Clemen­tina, Jerónima y Fuencisla; ésta, muy amable, se encargaba del lavado de la ropa.

Algún día de fiesta, des­pués de comida jugábamos bochas, en las que Ramón Abreu era un maestro. El Padre Rector, Fernando Londoño, también las jugaba bien y, según decían, disfrutaba mucho ganar las partidas.

El vicerrector era el Pa­dre Rodrigo Sánchez. El Padre Caycedo, el Espiritual. Estuvo también algún tiempo el Padre Adolfo, de Ve­nezuela, quien falleció en Roma y fue velado en el mismo Colegio. Nos asis­tían, además, el querido Hno. Luis Villa (Uruguay) y el Hno. Sergio de la Rosa, de Méjico.

Entre el personal de apo­yo estaba Anatolio Salvi, Bibliotecario (y secretario de la Gregoriana); estaban además Giuseppe Chiurgo (sastre), encargado de la Portería (gran admirador del Cardenal Beras), con Dante Casagrande. Para el mante­nimiento, Antonio Baldacci y el alegre Celestino Pintori, quien sufrió un derrame ce­rebral, al final de mi estadía en el Colegio. Entre las da­mas estaban Mirella, María Antonia y Giovanna.

Durante el verano del 1988, como nadie podía quedarse en el Colegio, me inscribí para ir a Bonn, Ale­mania a hacer un curso de la lengua alemana. Terminé el año académico cansado de tanto afanar con Griego y Hebreo y demás, pero no se podía hacer otra cosa. Claro, podía haber ido a una parroquia, pero preferí Alemania. Hacia allá nos encaminamos por tren el Padre Ricardo Tobón (actual arzobispo de Medellín) y un servidor. Parece que el amigo Ricar­do estaba aun más cansado que yo, pues apenas iniciado el curso en Bonn, me dijo que, a causa de la fatiga, se regresaba a Italia. Y así lo hizo. Me quedé reinando solo en Bonn. Me tocó un grupo muy bueno (PP. To­más Castellarín, de Argen­tina, los buenos amigos me­jicanos, filipinos, un laico chileno que estudiaba historia de la Iglesia…); residía­mos en Kreuzberg, en una casa dirigida por personas del Movimiento de Schöns­tatt. Y creo que esto me fa­voreció un poco, pues antes de llegar a Alemania elegía­mos habitaciones (indivi­duales o dobles, es decir con otra persona). Como las in­dividuales eran más caras yo elegí doble. Al llegar me asignaron una individual y yo me alegré, pues eran, además, bastante estrechas. Poco después me llamaron para cobrarme lo faltante, por ser habitación indivi­dual; yo les dije que no ha­bía pedido ese tipo de habi­tación. Y no me cobraron más. No sé si algo tendría que ver en esto el querido Padre Hermann Gebert, quien sabía de mi estadía en ese lugar y era entonces uno de los principales en el mo­vimiento de Schönstatt. Precisamente hacia Va­llen­dar nos fuimos el Padre Tomás Castellarín (argentino) y yo, con Agathe, una amable joven que trabajaba en Kreuzberg, que nos llevó en su auto a visitar al Padre Hermann Gebert, en Moriah (Schönstatt). A este lugar volvería yo al final del curso de alemán para, después de unos días, regresar a Roma con el Padre Fausto Mejía.

Para bajar de Kreuzberg a Bonn, a recibir las clases, caminábamos a pie por un paseo (Allee, en alemán), rodeado de árboles y hasta de algunos huertos; había uno de ellos sembrado de cerezas, rojas, lisas, muy bonitas, diferentes a las de la Rep. Dominicana.

El amigo chileno me hizo pasar un par de veces por el cementerio –que nos quedaba en la ruta– en don­de estaba la tumba del gran historiador eclesiástico Hu­bert Jedin; éste había fallecido el 16 de julio de 1980, es decir, tan solo ocho años antes.

Desde Kreuzberg nos llevaron a conocer algunos lugares. Fuimos a Colonia, y visitamos su catedral; aun­que yo no andaba totalmente bien de las rodillas, subí hasta lo más alto de su torre derecha y desde ella, con mi camarita Minox saqué va­rias fotos del río Rhein (Rin), con sus varios puen­tes de un lado a otro de la ciudad.

Fuimos también a Ber­lin, incluso a Berlin Orien­tal, en donde visitamos el impresionante Mu­seo Per­gamon, con todos sus teso­ros artísticos de Me­sopota­mia. Anduvimos por varios lugares.