Roma, Tierra Santa, Alemania

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Hicimos una  visita guiada por el Reichstad, nos tomamos fotos junto al fa­moso muro, que fue derribado cuatro meses después (noviembre de 1989); hicimos fila frente a una peque­ña cafetería de Berlin Orien­tal para comprar un refresco, con el color semejante a la cocacola, pero insípido. Vi­mos iglesias bonitas, casi todas protestantes; por su­puesto, vimos la iglesia me­morial, lo que quedó de un templo después del bombar­deo de la Segunda Guerra Mundial.

Estuvimos también en el Planetarium, en donde nos tocó ver el cielo de Austra­lia, en donde era muy visible la Cruz del sur, lo cual disfrutó mucho el P. Sergio Braschi, pues era el mismo cielo que contemplaba des­de Curitiva, Brasil. (Esto le sirvió para disipar un poco, pues acababan de avisarle que su hermano menor había tenido un terrible accidente en Brasil; a los pocos días falleció este hermano, por lo que Sergio tuvo que salir precipitademente para su país).

También asistí una no­che, invitado por el Padre Sergio Braschi –que es mú­sico–, a un concierto al aire libre de la Orquesta Filar­mónica de Berlín, dirigida nada más y nada menos que por Yehudi Menuhin. Se ce­lebraba una efemérides im­portante en Berlín, pero no recuerdo cuál.

Entre otras piezas, interpretaron la Quinta Sinfonía de Beethoven, y el Padre Sergio me hizo caer en cuenta de la escena: mientras interpretaban la Quinta, un obrero de mano callosa marcaba el ritmo, recostado sobre la barandilla, muy cer­ca de nosotros; el Padre me comentó algo así como que ese ritmo y ese vigor de la melodía debían significar mucho para el pueblo ale­mán.

Participamos un rato des­de fuera de la baranda que impedía el paso, pero luego abrieron y nos acercamos lo más que pudimos. Era un gentío enorme, muchos con algo lumínico en la mano, como una especie de haz de fibras o flecos. Al final hubo una hermosa exhibición de fuegos artificiales.

Como el lugar era tan cercano al Berlín Oriental, pensé qué dirían de esta fastuosidad, ellos que, según creo, pasaban estrechez eco­nómica.

En esta gira salí solo a no sé qué cosa, y me pasaron dos pequeños sucesos: uno fue la reprimenda y mala cara del chofer de un autobús, porque no pedí la parada a tiempo. Otro fue que caminaba yo por un lugar, y vino tremendo rubio desca­misado y me golpeó por un brazo con su bicicleta; me retiré espantado: no me di cuenta que estaba sobre la vía para bicicletas (yo ni sa­bía que existían esas vías). Se supone que él estaba en su derecho, pero luego supe que ya había bastante xenofobia entre los alemanes.

Tiempo después, a un jo­ven seminarista dominicano estudiante en Alemania, de color achocolatado, le hicie­ron dar una buena carrera. Conducía un auto, y unos mozalbetes querían sacarlo de la vía a la fuerza.

En una estación de tren de Bonn encontré una tarjeta muy chistosa: un gran mono negro con la pose de El Pen­sador de Rodin. Al pie de­cía: “Ich denke, also bin ich” (pienso, luego existo, de El Discurso del Método de Descartes). Compré la tarjeta y se la llevé a Roma al Padre Augusto Campos, de Colombia, que hacía su doctorado en filosofía. Me consta que la disfrutó mu­cho.

A pesar de mi cansancio no puedo decir que me fue mal en esta experiencia. Me ubicaron en un grupo básico de Alemán y al poco tiempo me pasaron al siguiente ni­vel; creo que me ayudó el hecho de que me permitían hacer algunas preguntas en Inglés, lengua en la que me desenvolvía un poco mejor. Pero no debe olvidarse que se trataba de un curso elemental de alemán. La profesora principal fue Frau Schönball, quien me distinguió con su aprecio, incluso en sucesivos viajes que ella hizo a Roma.

A los seminaristas les de­cía siempre que uno no sabe para qué estudia. Yo no sa­bía qué utilidad tendría el esfuerzo que hice con el In­glés hasta que me vi estudiando Hebreo con el libro de texto en Inglés (y las cla­ses en Italiano); cuando veía cómo iban algunos compa­ñeros que no sabían nada de Inglés, entonces di gracias a Dios por haberme yo esfor­zado antes.

De vuelta al Pio Latino­americano siguieron los afa­nes. Además de todo, tuve que ser barbero (o tusador). No sé cómo se enteraron de que yo había recortado el pelo alguna vez, y me buscaron algunos para recortarlos. De verdad que fueron confiados. El principal cliente era también mi barbero, el Padre José Cruz Buendía, buen amigo, de Tepic, Méjico. Creo que también era barbero el Padre Pedro Gómez, de Colombia, el más viejo de todo el Cole­gio (el siguiente era yo, que cumplí los cuarenta a poco de llegar a Roma).

Yo llamaba muchachos a casi todos los compañeros, por más jóvenes, y así me llamaban ellos; a algunos les chocaba un poco la palabra porque en su país se usaba más chico, u otro término.

Hubo un sacerdote domi­nicano que –según lo cuenta él mismo– al llegar a Roma reservó unas buenas liras para darse una recortada como Dios manda en Roma. Y con esa intención fue y se sentó en el sillón de una gran barbería. Cuando se le acercó el barbero, el Padre escuchó que le decía: “Ex­cúsenos; aquí no manejamos ese tipo de pelo” (¡Válgame Dios, si en la Rep. Domini­cana era un Padre indiecito, de pelo bastante muerto!). Pues, con su dinero en el bolsillo y con su aspiración de look romano, no tuvo más remedio que entregarle su melena caribeña a este humilde servidor (o sea, a mí).