Roma

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Celebré la Santa Misa en la Basílica y luego, sentados los tres en el piso,

en un rinconcito frente a la imagen, rezamos el Santo Rosario

Cuando iba a iniciar el curso en la Universidad Gregoriana me entrevisté,  según está establecido, con el Decano de la Facultad de Teología, en ese entonces el Padre Gerald O’Collins sj. Cuando vio que yo iba a estudiar Teología Bíblica y no sabía ni Griego ni He­breo y que iba por dos años nada más, se enojó visiblemente, y expresó su desa­cuerdo con los Obispos que enviaban estudiantes por tan poco tiempo. Yo le dije que eso era lo que me permitían, y él reiteró que eso era lo que no entendía de América Latina.

Yo me quedé un poco perplejo con esta entrevista. Era verdad: no sabía nada de Hebreo y de Griego sabía unas palabritas que aprendí en dos charlas para volunta­rios que impartió el Padre Jesús Veiga, en el Semina­rio Santo Tomás de Aquino. Antes me aprendí el alfabe­to en el diccionario La­rousse, para poder leer alguna de las citas griegas del Mysterium Salutis. Ya en Roma, vi para qué servían las parrafadas griegas que Mons. Arnáiz soltaba en sus homilías.

Para poder terminar la licencia en dos años en la Gregoriana tuve que hacer varias boberías; una de ellas fue tomar solo el curso básico de Griego, arriesgándo­me a lo demás sin el curso de este idioma avanzado. Gracias a Dios, a pesar de eso terminé bien, (obtuve magna cum laude).

En la entrevista final con el Decano O’Collins, éste tenía otra cara. Estaba muy contento y me felicitó.

Cuando supe que del país iría a Roma a estudiar Teología bíblica el padre Andrés Napoleón Romero, le dije que si no disponía de tres años para la licencia, no era conveniente que fuera. Cuando llegó a Roma se en­contró con que ya la Univer­sidad Gregoriana no admitía a nadie para Teología bíblica si no disponía de tres años. Gracias a Dios que él lo había previsto con su Obispo, Mons. Jesús M. De Jesús Moya.

Nadie piense que me fue fácil el estudio en Roma. Solo diré que me vi tan apurado que –como buen domi­nicano– hice a la Virgen la promesa de que a mi regreso a la Rep. Dominicana, iría a visitar su santuario en Higüey. Tan pronto vine de Roma (junio 1989), fui con mis padres a visitar a La Al­tagracia, siendo cordialmen­te recibidos por el padre Víctor García, con la anuencia de Mons. Polanco Brito, siempre gentil y fraterno.

Celebré la Santa Misa en la Basílica y luego, sentados los tres en el piso, en un rinconcito frente a la imagen, rezamos el Santo Rosario.

No todo fue estudio en Roma. Participé en varias celebraciones en la Basílica de San Pedro y saludé en dos o tres ocasiones al Santo Padre. (A uno de mis compañeros dominicanos en el Pio Latino le escribía su ma­dre y siempre le ponía al final de la carta: “No te olvi­des de saludarme al Papa”. La pobre, pensaba que era muy fácil).

Siempre le oí decir al pa­dre Fausto Mejía que la ex­periencia romana abría horizontes a la fe. Y así lo creo: ¡Qué gran variedad de ex­presiones de la fe, qué ri­queza en el encuentro con creyentes de tan diversas latitudes! (Para completar, a mí me confundían con gente de la India. En el autobús, en las tiendas… se me acercaban hablándome en mala­yalam o en otro de sus mu­chos idiomas; en Israel, sin embargo, me creían palestino).

Pude conocer varios lu­gares de Italia, pero tuve que dejar de ir a lugares im­portantes, debido a la escla­vitud de los estudios. Así dejé de conocer ciudades tan importantes como Milán o Nápoles. (En ese tiempo había un sacerdote que estudiaba Jurisprudencia, pero se decía que lo que estudiaba en realidad era Turispru­dencia…). Yo pasé un par de temporadas en Cerdeña, en Laerru, ayudando en algo al padre Francesco –que estuvo de visita en nuestro país–, cuya madre visitamos (Salvatorica Puddu, apellido que en sardo significa Gallo).

En Laerru me trataron muy bien las inolvidables María y Paola, hijas de Ma­tteo, quien envejecía un sa­broso vino, que degusté va­rias veces. En una ocasión me llevó a su pequeña bodega y me digo, satisfecho: “Fatto da me” (Hecho por mí). Allí estuve también en Pérfugas, tierra de grandes plantaciones de cebolla (el pueblo muy querido por Mons. Ozoria), con el padre Umberto, con Patrizia y su esposo Giovanni, que también nos visitaron en la Rep. Dominicana. Me dio mucho gusto oír hablar en sardo, nombre que solo conocía por ser una de las lenguas románicas o neolatinas (qui­se comprar un diccionario, pero era muy caro; me rega­laron varios casettes de mú­sica en esa lengua).

El padre Francesco me llevó a visitar varios luga­res, entre ellos un monasterio benedictino, no muy lejos de Laerru, con una hermosa capilla de piedra, en cuya penumbra tomé quizá la mejor foto de mi vida: un rayo de luz que entraba por un pequeño vitral alto y se dirigía hacia el púlpito, jun­to a un arco de piedras a dos tonos: negro y blanco. Ca­mino a este mo­nasterio patinó el carro en el pavimento, pues había mu­cha escarcha, pero gracias a Dios no pasó nada; era diciembre.

También me llevó a visitar un amigo que tenía una tienda de pipas, Tom Spanu, en Laerru. Eran labradas a mano, de un pequeño arbusto que crece en las rocas, a la orilla del mar. Tom nos llevó a su tienda, bastante amplia, y me dijo que escogiera la pipa que yo deseara. Le dije que no fumaba, pero insistieron él y el padre. Las había de todas las formas imaginables; recuerdo una, colocada sobre una especie de mecedora hecha de raíces del mismo arbolito; impresionante. Por supuesto, yo elegí una bonita pero mo­desta, que todavía conservo como recuerdo.