Roma

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Hay dos damas asocia­das especialmente a esta etapa de Roma. Una es la vieja Mito, de Canca la Rei­na, mi lugar de nacimiento. Esta cogió el camino de la Iglesia y no faltaba a ninguna actividad, especialmente la Misa. Precisamente en Canca celebraba el Padre Diómedes Espinal aquel día en que entró Mito a la ­sacristía y, al encontrarlo con la estola roja sobre el alba, se admiró de la elegancia del ministro; ni corto ni perezoso el P. Diómedes le dijo que eso no era nada, que esperara para que viera. Se puso entonces la gran casulla roja y se mostró a Mito; cuando lo vio, ésta cambió completamente el discurso, y usó la expresión conocida en una parte del clero: “¡Y así dicen que son pobres!”

En esa misma sacristía me encontré yo con ella, cosa que era frecuente, y me dijo: “Frede, yo estoy re­zando mucho por ti”. Por supuesto, le di las gracias. Ella continuó: “Y esas oraciones mías son fuertes, porque mira, ahí estaba el padrecito Flores; comencé yo a rezar por él, y mira: Arzobispo de La Vega. También estaba el padrecito Moya, recé por él, y es Ar­zobispo de Santiago…”

Yo, bromeando, le dije que muy bien, pero que yo no veía que sus oraciones me estuvieran haciendo mu­cho efec­to… Ella se quedó mirándome y me dijo: “Ah, ¡pero es que tú no me habías dicho!…”.

A Roma me mandaron a decir que la querida Mito había fallecido.

Este es el caso de la otra dama. Poquito antes de salir yo para Roma me avisaron para que fuera a auxiliar a Heroína Guerrero, cariñosamente Heró, vecina de mi casa paterna que estaba muy enferma, buena con todos nosotros (después supe que estos Guerrero eran oriundos de El Cañafístol, de Baní). De hecho, ya tenían la caja comprada (el féretro o ataúd) para sepultarla. La asistí con el sacramento de la Unción de los Enfermos, y salí hacia Roma.

Allá me llegó la noticia de que Heroína se había re­cuperado, que habían vendido la caja que tenían para ella, y que ella había preguntado que dónde estaba Frede, (o sea, yo); le dijeron que yo estaba en Roma, pero no entendió bien, por lo que preguntó de nuevo. Al oír que era en Roma, dijo: “Ay, ojalá lo hagan papa por allá…”. Después de eso vivió muchos años más la amiga Heroína.

Pero volvamos al Pio Latinoamericano. ¡Cuántas cosas aprende uno conociendo gente y curas! Toda­vía me acuerdo y me río del caso de un buen sacerdote de algún país de América Latina que llegó al Pio La­tinoamericano con más ma­letas que María Félix (diría un mejicano). Solo un male­tón era para sus zapatos… (de los que a mí me tocó un par…). ¡Santo Dios del cie­lo! (¡Qué diría Mons. Felipe!).

Es una gran bendición que Dios nos enseñe a vivir con poco. Yo he tenido para eso buenos modelos entre el clero y fuera de él. Y también he tenido que asombrarme ante la astucia de alguno para andar detrás de las dádivas. Como oí que le dijo un sacerdote a otro: “Si nos ordenamos juntos, llevamos los mismos años, en los mismos lugares, ¿Cómo es que a ti te han dado un ganado y a mí ni un chivito?” Cierto, antes había lugares donde el sacerdote no debía admirar cosas ma­teriales que viera, porque los fieles se sentían obligados a dárselas (“al Padre le gustan los pollitos criollos …”, dizque decía un sacerdote).

Una vez, a mí me mandaron recado de un campo de Altamira (de parte de una familia amiga mía, la del ex­seminarista Logroño), para que mandara a buscar el chi­vo. Yo, como no sabía de qué hablaban, pregunté: se trataba de que yo, des­pués que salí de una Misa, pasé por donde había una chiva con una barriga enor­me; yo me admiré de ella y seguí mi camino. Los due­ños, sin em­bargo, determinaron que si la chiva tenía tal número de chivitos, uno era del Padre (es decir, mío). Y así pasó. El chivo creció, y en ese entonces estaba el Padre Batista haciendo una rifa para la construcción del campanario de la iglesia de Altamira, y mi chivo fue el tercer premio de la misma.

Volviendo a Roma, ten­go que decir que encontré muy buen ambiente en el Pio Latinoamericano. Allá coincidí con los Padres do­minicanos Ramón Abreu, y Fausto Mejía que hacía su doctorado, y vivía en otro lugar de Roma. Ellos eran ya veteranos en Roma. Lue­go llegaron los Padres Fran­cisco Ozoria, Antonio Rey­no­so (Toño) y Pedro Colomé. Los demás eran de casi todos los países de América Latina, especialmente de Colombia. No había ningu­no de Brasil, pues estaban en su propio Colegio.