Resurrección: Cima y culmen de la obra creadora de Dios

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La resurrección de Cristo supone una transformación de lo anterior en algo nuevo y desconocido

 

 

La resurrección de Jesucristo no solo constituye la culminación de la Cuaresma y el cierre de la Semana Santa; es la cima y culmen de la obra creadora de Dios. Ella es la clave para interpretar el sueño de Dios (la voluntad de Dios) sobre la humani­dad. Los designios eternos de Dios encuentran su cristalización en este acontecimiento central y fundamental de nuestra fe: si Cristo no ha re­sucitado vana es nuestra fe, dirá el apóstol Pablo.

En efecto, la resurrección de Jesucristo es el triunfo de la vida sobre la muerte. “Dios lo ha constituido juez de vivos y de muertos”, nos dice la primera lectura de este domingo. Él es la medida de los unos y de los otros. Los muertos no se quedan muertos para siempre y los vivos alcanzan su plenitud gracias al estilo de vida transmitido por Jesús. Un estilo de vida que no puede verse apagado por el manto de la muerte.

La resurrección de Jesucristo constituye una nueva vida, distinta a la anterior, pero en continuidad con ella. La “nueva creación”, fruto de la resurrección de Cristo es transformación “de lo antiguo”. El Jesús histó­rico es el Cristo de la fe pascual. El Resucitado no es otro que el Jesús que anduvo por los polvorientos caminos de Palestina… pero distinto.

La tumba vacía y las apariciones son los testimonios de esta “transformación”. La tumba vacía indica que el que ha resucitado es el mimo que estaba “ahí”; las apariciones nos hacen pensar que no es “el mismo” (o “lo mismo”) que estaba “ahí”.

La resurrección es algo más que la revivificación de un cadáver, de un cuerpo sin vida; las proezas que realiza el Resucitado así lo atesti­guan: aparece y desaparece de re­pente, atraviesa paredes, asciende al cielo, junto a Dios, para toda la eter­nidad, etc. Se trata, en definitiva, de una nueva clase de realidad, aunque relacionada con “la antigua”. San Pablo dirá que se trata de un “cuerpo espiritual”; pero, al fin y al cabo, un “cuerpo”.

Aunque metafórico, este mensaje de la resurrección de Cristo contiene una carga de esperanza deslumbrante. Que se entienda, no estoy di­ciendo que la resurrección de Cristo sea “algo” metafórico, es un aconte­cimiento real. Una forma de decir lo real es lo metafórico. La resurrección de Cristo supone una transformación de lo anterior en algo nuevo y desconocido. Todo lo anterior no es descartado, sino que constituye la materia primera de lo nuevo. Y eso que ha sucedido con Jesús es anticipación de lo que los cristianos he­mos de esperar. En eso consiste la esperanza cristiana.

Por eso la idea cristiana de nueva creación no debemos verla desligada de la resurrección de Cristo. El acontecimiento de la resurrección nos aporta la clave de lectura del “cielo nuevo” y la “tierra nueva” que nos habla el libro del Apocalipsis. Con­cebida así, la resurrección de Cristo no tiene repercusión únicamente espiritual (liberación del alma, dua­lismo puro); sino que tiene que ver con la transformación de todo lo creado. Como ha expresado contundentemente Mark Harris, científico cristiano, en su libro La naturaleza de la creación. Un estudio de la relación entre la Biblia y la ciencia: “la resurrección corporal implica la transformación del cosmos entero, incluidas todas aquellas criaturas que en la actualidad sufren sometidas al ‘lado oscuro’ de la evo­lución. Tal transformación ofrece potencialmente salvación a toda la creación sujeta a la ‘esclavitud de la corrupción’ (Rm 8, 21) y ‘perece­dera’ (1Cor 15, 42)”.

En fin, lo importante de todo esto es que la resurrección constituye para nosotros un reservorio de espe­ranza que nos hace confiar en que “todos nos transformaremos” (1Cor 15, 51), a pesar del “lado sombrío” de nuestra condición de criaturas.