Religión y políticos

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Los hombres y mu­jeres estadounidenses que incursionan en Política proceden de las filas del pueblo, donde prevalecen los creyentes sobre los ateos.

El pasado domingo 16 de agosto salió pu­blicada en El Nuevo Herald una meritoria co­lumna titulada, “Ka­mala es la mejor prueba de multiculturalismo”. Sin embargo, no todo el escrito merece encomio. Kamala Ha­rris es la candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos por el partido demócrata.

Dice el autor, Car­los Alberto Montaner, que los demócratas abogan por que “las iglesias no influyan en los asuntos públicos (aunque el 90 por ciento de los norteamerica­nos cree en Dios y el 56 por ciento supone que la descripción de la Biblia se ajusta a la verdad)”.

Es imposible que los políticos cristianos no encuentren inspi­ración en su fe para afrontar los asuntos de gobierno, aunque sin convertirse en mario­netas de sus iglesias. Ningún político cristiano propone multar a los que no vayan a la iglesia en domingo o encarcelar a quienes se sorprendan comiendo carne los viernes de Cuaresma. Pero su fe religiosa sí influye al poner en el centro la dignidad de la persona humana y al oponerse a todo lo que la vulnera.

En cuanto a la Bi­blia, el político bien evangelizado distingue la enseñanza religiosa del género literario en que se expresa. La Biblia enseña que Dios es Creador de todo lo que no es Él, pero no hay que hacer lectura fundamentalista de la creación en seis días. Tampoco se deben tomar los personajes de las parábolas de Jesús como históricos. Se acepta la enseñanza de la misericordia ha­cia el pecador en la Parábola del hijo pró­digo sin necesidad de afirmar que el hijo sea alguien con nombre y apellido; el personaje representa a todo peca­dor arrepentido.

¿A qué viene tanta suspicacia contra el influjo de las iglesias? ¿Acaso éstas proponen medidas inicuas? El Papa Francisco, por ejemplo, siempre está exhortando a la paz. Recientemente hizo un llamado a Egipto, Etiopía y Sudán para que se pongan de acuerdo en relación con una represa del Nilo, no sea que las diferencias lleven a conflicto armado.

También las iglesias exhortan a la justicia social, a no explo­tar a los obreros. ¿Es eso un influjo negativo? ¿Es comunismo enseñar que los empresarios no deben acaparar las ganancias de sus empresas dejándole sólo las migajas a los empleados? ¿Son malas las enseñanzas de las iglesias sobre el amor al prójimo, sobre la decencia pública, sobre el acceso a cui­dados médicos, sobre la justicia y la caridad hacia los marginados? ¿Acaso sólo pueden tener voz en la plaza pública los propugna­dores del libertinaje y de la impiedad? Si el 90% de los norteame­ricanos cree en Dios, ¿por qué la fe no puede encontrar expresión pública?

El autor que co­mentamos añade que los demócratas defienden “los derechos re­productivos en manos de la mujer (expresión que autoriza el aborto)”. Las iglesias cristianas enseñan que las mujeres tienen derecho a poner los medios para procrear (idealmente al amparo del matrimonio), pero una vez que ha concebido debe tener en cuenta lo que la ciencia demuestra, a saber, que la criatura embrional no es ni un mineral, ni un vegetal ni un mamífero irracional, sino un ser humano. Apoyada en la evidencia científica, las iglesias deploran el aborto como infanticidio inmisericorde, como asesinato de un ser humano inocente e indefenso. El aborto no es un procedimiento terapéutico, porque el embarazo no es una enfermedad.

En resumen, la loa­ble separación entre la Iglesia y el Estado no debe concebirse como hostilidad. La Iglesia y los gobiernos están llamados a cooperar des­de sus diferentes competencias. La iglesia y la comunidad política servirán con mayor eficacia al ser humano “cuanto más sana y me­jor sea la coopera­ción entre ellas, habida cuenta de las circuns­tancias de lugar y tiempo” (Vaticano II, GS 76).