Reflexiones ante un singular Mensaje del Episcopado Dominicano

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Todos los mensajes de la Conferencia del Episcopado Dominicano deben y deberían ser leídos con suma atención.  Más bien “leídos y anotados”, como solía decir el sacerdote y eminente intelectual Oscar Robles Toledano.

 

Conozco muchos líderes y personas de buena voluntad, procedentes tanto del ámbito público como privado, creyentes y no creyentes, que están pendientes a cada declaración o mensaje de nuestro  Episcopado, actitud tras la cual está la clara conciencia de que la Iglesia, como bien afirmaba el Concilio Vaticano II, es “experta en humanidad” y más allá de las cambiantes circunstancias históricas y sociales, es garante y portadora de un mensaje perenne, que inspirado en los esenciales valores evangélicos, defiende y promueve la inviolable dignidad de toda persona humana.

 

Y más aún, que los Pastores de la Iglesia, al igual que el más humilde de nuestros sacerdotes, están en contacto permanente con las angustias, necesidades, anhelos y esperanzas de nuestro pueblo y, en tal virtud, cuando escriben o se pronuncian sobre una determina realidad, lo hacen desde la conciencia de quien se siente llamado a cumplir la misión profética de ser voz de quienes no tienen voz.

 

Esta vez, con motivo de conmemorarse el 175 aniversario de la Independencia Nacional, ha dirigido la Conferencia del Episcopado Dominicano su tradicional mensaje a todos dos dominicanos, centrando su atención en el gran desafío del Estado y toda la sociedad en el combate impostergable contra el destructivo flagelo de la corrupción.

 

De todos es sabido que no existe persona ni sociedad alguna exenta de los terribles efectos de este mal secular pero el hecho constatable de que el mismo hunda sus raíces en nuestro más remoto pasado, no es excusa válida para abandonarnos a la inacción y al fatalismo.

 

Cuando la corrupción gana terreno y toma cuerpo en el tejido social se corrompen las instituciones; se desvirtúan sus propósitos y las sociedades sucumben ante la desconfianza y la falta de fe, muy especialmente en su clase política, todo lo cual abona el terreno para el surgimiento del caos y las aventuras populistas de corte neofascistas que prometen soluciones fáciles y emotivas pero que al final del día sólo generan mayor frustración y desequilibrio social.

 

Como diría Amartya Sen, el gran humanista y Premio Nobel de Economía, “los problemas de la democracia se resuelven con más democracia”. Y no a través de la autocracia y el autoritarismo.

 

En el caso de la República Dominicana, las particularidades de nuestro devenir histórico confieren matices especiales a los empeños personales e institucionales que juntos debemos afrontar para enfrentar con coraje y determinación la corrupción privada y pública como una de las grandes amenazas a nuestra democracia. Insisto en lo de “ privada y pública” pues no existe una sin la otra.

 

Nuestra República no se constituyó sobre el respeto a la institucionalidad sino sobre  el liderazgo unipersonal de los caudillos. No es nuestro caso el de aquella relidad que encontró Tocqueville cuando visitó por primera vez a los Estados Unidos constatando que existía en aquella sociedad una especie de “código rojo del corazón” donde sus ciudadanos, gobernantes y gobernados, estaban de acuerdo en unos límites y frenos morales que no eran impuestos en primer lugar  por la ley sino por una brújula interior que dictaba el criterio diferenciador entre el buen y el mal hacer.

 

Es por ello que cobra pertinencia este especial mensaje de nuestros Pastores. Un llamado impostergable para tomar conciencia de que necesitamos con urgencia un rearme moral como sociedad el cual, desde luego, tendrá que construirse ante todo y sobre todo en el corazón de cada dominicano y dominicana, pues como bien expresara Séneca, data ya de muchos siglos, “ la corrupción no es un mal de los siglos sino de las personas”.