¿Quiere parecerse a Dios? ¡Perdone!

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Predicar sobre el perdón aquí, donde todos estamos hartos de tantos abusos, puede parecer una ingenuidad infantil. Aclaro, que el perdón no es ajeno a exigir la justicia y el esfuerzo por esta­blecer las responsabilidades de los males que nos aquejan.

Deseémosles el bien a los choferes de voladoras y “enyipetados”, pero exijamos que las autoridades sancionen su festiva violación de la ley.

Las lecturas de hoy nos motivan a perdonar. Eclesiástico 27,33-28,9 nos recuerda, que si algún día llegamos a ser salvos, lo seremos por un per­dón. Nuestra muer­te, ¿no es acaso ella misma una in­vita­ción a relativizar nuestro enojo?

El salmo 102  nos enseña que el Señor es compasivo y mi­sericordioso lento a la ira y rico en cle­mencia. Quien re­cuerda los beneficios reci­bidos por parte de Dios, se mueve al perdón, pues el Señor, “perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura”.

Vivimos tan presionados, que fácilmente des­consideramos a los demás. El salmo nos invita a no estar “siempre acusando” a “no guardar rencor perpetuo”, ni tratar a los demás de acuerdo a sus faltas. Para construir relaciones humanas exitosas, hemos de vivir con una generosidad que vaya de la tierra al cielo.

En todo perdón hay un regalo, un don. Al perdonar le regalamos al perdonado el empezar de nuevo. En el evangelio (Mateo 18, 21 a 35), Jesús lo deja claro: quien perdona actúa igual que Dios. Quien no perdona de corazón a su hermano, se excluye a sí mismo del perdón. Después del perdón, perdurarán los sentimientos negativos, pero la actitud de desearle el bien a quien nos ha herido, nos sana y nos salva, de seguro, a nosotros y puede que hasta salve al agresor.