Puerto Rico y Nueva York

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Comenzando el verano de 1969 viajé a Puerto Rico. Primera vez que subía a un avión, y la aventura era mayor, pues se trataba de Aerovías Quisqueyana, unos pequeños aviones que a veces volaban como chichi­guas. Gracias a la generosidad de Herminio de Jesús Viera, pude visitar a mis bienhechores de Caparra Terrace, en San Juan, los inolvidables Tata y Polo Torres, su hija Helen, y el hijo y la hija de ésta. De ahí viajamos hasta el Barrio Ollas, de Santa Isabel, Pon­ce, de donde era Herminio.

Pude conocer a su Padre, Isaías, un anciano venerable. Así pude conocer parte de la Isla del Encanto, a la que nos unen no sólo los tra­dicionales lazos históricos, sino también el hecho de la formación sacerdotal co­mún, pues muchos de sus sacerdotes han estudiado en nuestro Seminario Santo Tomás de Aquino.

Por supuesto, conseguir la visa norteamericana fue toda una aventura. Yo fui al consulado con unos cuantos seminaristas más; estaba ubicado en La Feria, no re­cuerdo exactamente el lugar.

Salimos del Seminario, en la Lincoln con Bolívar, después de cena. Se trataba de amanecer en el consulado para ver si te tocaba algún turno al día siguiente. Pasa­mos toda la noche escuchando una canción de Sandro, pues había en el vecindario alguien amargado que repe­tía la misma canción: “Por algún camino yo la encontraré…”8 (Hace algún tiempo cantan en algunas iglesias el Señor ten piedad con la música de esta canción, y casi le pido a Dios que acabe pronto).

Pues bien. Por la madrugada formamos la fila, casi promiscua, ya que nadie de­jaba espacio para que no se metiera algún advenedizo; así íbamos culebreando por el patio con yerba algo crecida y hasta con alguna zan­ja. El fruto de esa noche y esa fila fue que conseguimos tickets para volver al día siguiente. Y así lo hicimos. Pero, ese día siguiente, cuando faltaban dos perso­nas delante de mí, dijeron basta. El ticket que tenía en la mano ya no era válido para volver, por lo que había que repetir el proceso…9

Después de Puerto Rico, viajé a Nueva York. Coin­cidí allá con los amigos Pedro Eduardo, Normando Féliz Mustafá y Lidio Cadet. Pedro y yo fuimos alojados en casa de los esposos puertorriqueños Manuel y Mi­guelina Torres, en Irving St., Brooklyn. Ayudábamos un poco en la parroquia San Martín de Tours, en Han­kock St., en el mismo Broo­klyn. Luego pasamos a resi­dir en casa de los también puertorriqueños Ludgerio (Ludy) y María Ildefonso, en donde estaríamos hasta el final del verano. Coordiná­bamos con el P. Muñoz, de la parroquia, y estaba de paso el Padre Munguía sj, quien después vendría a trabajar a Santo Domingo.

Con una camisa negra clerical que me prestó el Padre Muñoz fui a renovar mi permiso de estadía en USA; yo apenas había terminado los tres años de filo­sofía, pero me asombró que, al ir vestido de cura, varias veces en el tren se me acercó alguna persona para dar­me su asiento, diciendo: “Seat down, please, Father” (Siéntese, por favor, Padre). Todas estas personas fueron muy amables con nosotros.