Primer Domingo de Cuaresma

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Ya entramos en el tiempo fuerte de la Cuaresma, que se inició el pasado miércoles de ceniza.

La Cuaresma es el tiempo de preparación a la Pascua del Señor. Dura cuarenta días. Este número está inspirado en los cuarenta días de ayuno y oración que Jesús pasó en el de­sierto para prepararse para cumplir su misión.

Este es un tiempo de reflexión, de oración, de penitencia y sobre todo de CONVERSIÓN.

Es un tiempo de re­flexión en el cual nos enfrentamos con noso­tros mismos para revi­sar nuestra vida cristiana y ver qué necesitamos mejorar.

Es un tiempo de ora­ción, de intensificación de nuestra comunica­ción con Dios, ya sea personal o comunitaria.

Es un tiempo de ­penitencia, de ayuno y abstinencia, de sacrificios, por medio de los cuales templamos nues­tro espíritu, dominamos nuestras pasiones ya que como dice el Señor Jesús: “el espíritu está  presto, pero la carne es débil.”

Esta penitencia no es solo del cuerpo, sino también del espíritu,  pues los actos exteriores sin una pureza de intención en el interior, de nada valen. Recorde­mos las palabras del profeta Joel: “rasgar el corazón, no las vesti­duras.” (Joel 2, 12).

Es necesario, pues, un cambio de actitudes, salir de nosotros mismos para pensar en los demás, sobre todo en los más necesitados, practicar la justicia, hacer obras de misericordia con nuestro pró­jimo. Recordemos igualmente, las palabras del profeta Isaías cuando habla de lo que le agrada a Dios: “romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libre a los oprimidos, compartir el pan con el hambriento, recibir en tu casa al pobre sin techo, vestir al desnudo y no volver la espalda al hermano.” (Is. 58, 6-7).

Aunque esto debe ser la vida diaria del cristiano, en este tiempo fuerte debe de ser una ocasión mayor de acercarnos más a Dios y de servir más a los demás. Si no es así no hemos comprendido su verda­dero significado.

Lo central de la Cua­resma en el CAMBIO DE VIDA, el cual no solamente, consiste en dejar aquello que nos estorba, sino en aceptar a Dios en nuestras vidas,  vivir conforme a su ley de AMOR Y de ESPERANZA.

La ley de Dios no es para fustigarnos, es para que cumplamos lo que mejor conviene a nuestra naturaleza, de esta manera ser felices personal y comunitariamente.

En este domingo contemplamos las ten­taciones que tuvo el Señor en el desierto, y cómo el Señor pudo resistir al mal, con ora­ción,  ayuno y penitencia.