Presbítero

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Fui ordenado presbítero el 10 de septiembre del 1977, por Mons. Jesús María De Jesús y Moya, en el templo parroquial de Licey. Fui el segundo ordenado por Mons. Moya; el primero fue el Padre José Mesa sj, en La Florida, EE. UU.

La ordenación fue a las tres y media de la tarde, bajo el techo candente de la iglesia de Licey. Participó buen nú­mero de presbíteros, y mu­chos fieles de la zona de Licey y de otros puntos; de Santo Domingo, por ejemplo: de El INVI Doña Romana, su hija Adelma; y otros herma­nos y hermanas de la iglesia; de Los Guandules Valentina, Melita, Severina (Mai) Cam­pusano y familia (sus hijos son Jorge, Teresa, Martira y  Paulina); y otras personas más. En estos lugares había ayudado yo pastoralmente en alguna cosa. Después de la ordenación se brindó una merienda en el seminario San Pío X; el pudín, con forma de cruz, lo hizo Doña Barbarita Sued. Cuando entramos al salón-comedor del Semina­rio nos dimos cuenta de que a la cruz le faltaba un brazo, pues alguien se nos había adelantado (muchachos quizá). Para la foto, cubrimos esa parte con servilletas blancas. Pare­ce que no conviene que las cruces sean muy dulces…

Entre los fieles de Licey que participaron en la ordenación estaban María Bolén, Josefa Pilar y mi abuela, Emilia de Jesús López Rojas (Milita). Hacía años que las tres me veían y decían: “Ay, no te veré sacerdote…” (Se supone que estarían muertas). Pero allí estaban las tres, en primera fila.

Nunca me ha gustado escribir lo que debo decir (hasta la fecha sólo he escrito  cuatro o cinco homilías), pero para el día de la ordena­ción escribí unas palabras, pensando que estaría nervio­so. (En ese tiempo había tenido que tomar sedantes).

Al final de la Misa de ordenación me tocaba hablar; metí la mano en el bolsillo, buscando el papel donde tenía mis palabras, pero se había quedado en el otro pantalón. Así que tuve que hablar como siempre lo hacía. Por supuesto, di las gracias, e hice referencia a las tres damas que habían dicho que no me verían sacerdote. Fue sorprendente lo que pasó ese día: Mis nervios desapare­cieron por completo; estaba como en una mecedora en mi casa. Dios me regaló, para el día de ordenación, una gran serenidad.

Varios años después bajé un domingo a celebrar una Misa en lo que creo es ahora la parroquia Santa Cecilia, en Santo Domingo; al final de la celebración se me acercó un señor y me dijo: “Usted ins­­pira paz”. Y es de las mejo­res cosas que me han dicho. Otro día, una religiosa que hacía de recepcionista en una parroquia, al presentarme yo vestido de civil, me preguntó si era yo cate­quista; le expliqué que, en cierto modo, no. “Pre­si­dente de asamblea” –insistió. Le dije que no. En­ton­ces añadió: “Bueno, algo de Dios”. Y eso sí me gustó.

Pero no todo se ha ido en piropos, pues un día, siendo yo seminarista en el Semina­rio Mayor, se me acercó al­guien (quizá Reinaldo Infan­te) y me enseñó una canción que había compuesto; la miré, y creo que me pareció algo floja, y así se lo dije. Me respondió que eso era lo malo que yo tenía, que era muy ne­gativo, que acababa con todo… Me dio tremenda cátedra. De ahí en adelante, me esforcé en empezar por lo positivo y en buscar el mejor modo de decir lo negativo. Inolvidable lección.

Cuando fui miembro del Equipo Formador del Semi­nario Mayor me tocó coordinar un grupo literario formado por seminaristas. En uno de los encuentros, alguien leyó una de sus composicio­nes; creo que con suavidad, le dije que su obra me parecía panfletaria (pero no se lo dije tan pelado). El joven se ­su­blevó, mencionando las mu­chas horas de trabajo que le había costado realizar su obra. Me sacó las castañas del fuego el seminarista Ber­nardo Vásquez (El Moro), quien le dijo que no importaba los días o meses que hu­biera trabajado: si la obra valía, valía; y si no, no. El joven no volvió al grupo.

A otro de los integrantes del grupo que deseaba mi opinión sobre su obra, le escribí lo siguiente: “He vuelto a leer tu trabajo varias veces. Entiendo que tratas de expresar tus sentimientos so­bre la guerra de abril, y el significado de ese hecho. Te confieso que en la lectura de tu trabajo a menudo me perdí; encuentro elementos valio­sos poéticamente pero me lucen dispersos, desvinculados. Tal como si intentaras alcanzar vuelo poético y no lo lograras plenamente. Me parece que hay excesivas repeticiones (yo mismo he caído en ellas)… Por otra parte, sé que absolutamente toda realidad cabe en la poesía, pero también sé que es difícil hacerla caber primero dentro de no­sotros mismos. Y sin esto, no hay poesía”.