A veces es necesario padecer una enfermedad para entender mejor lo que se siente, en especial cómo afecta el ánimo. No solo necesitamos medicinas para sanar mente y cuerpo. Escucharlo de un tercero o imaginarlo no es lo mismo, por más que tratemos. Recientemente fui diagnosticado con COVID-19. Estuve prácticamente una semana confinado. Por prudencia, no recibía a nadie, aunque mis familiares y amigos siempre estaban atentos y nada me faltó.

Lo más importante fueron las constantes muestras de  afectos sinceros que recibía. Mi celular no descansó. Me ayudó a sobrellevar la soledad saber que había alguien afuera en quien podía confiar y que estaría a nuestro lado solo pidiéndolo. Gracias a la fraternidad, superé el virus en un santiamén. Ya estoy en la calle, siendo útil.

Soy privilegiado, lo sé. La mayoría no es así y eso no me hace sentir bien, pues todos debemos ser iguales en asuntos tan delicados como la salud, reconociendo que, como nación, se ha realizado un gran esfuerzo para enfrentar la pandemia, buscando soluciones a los más necesitados.

Eso sí, existe una “medicina” que no se compra ni se vende: la solidaridad de nuestra gente. En mi estado reflexioné sobre este tema. Me coloqué en el lugar de aquellos que estaban en mi condición, pero que no tenían igual acceso a medicinas y alimentos ni a una mano amiga que le diera amor. Eso no lo aguanta nadie.

La pandemia se ha expandido, aunque menos letal. De seguro tenemos a alguien cercano infectado. En estos días deberemos convivir con esa realidad. Hemos perdido seres queridos. Los hemos visto caer, levantarse, animarse y al final quedarse solos, en una unidad de Cuidados Intensivos; solos, sin notar que están en el mismo espacio con otros que también están solos, en un ambiente  antesala de novenarios, donde ni hasta la soledad se puede compartir.

Sufrir el COVID-19 sin una compañía es desgarrador, con la posibilidad por igual de morir solos. Eso, quizás, sentirán aquellos humanos entubados, de débiles pulmones, aislados de voces cotidianas y de la presencia de una madre, hermano, amigo o vecino. La soledad no contribuye a sanar. Es desgarrador estar revolcándose en la cama, mirando al techo, con dolores hasta en el alma, una tos que atormenta, fiebre, sin poder conversar con nadie, sin una abuela que prepare un té, sudando, delirando, pensando lo peor.

 Por experiencia propia, ruego a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que no dejen solos a quienes tienen COVID-19, que una llamada de cariño, una visita a distancia, llevarles calmantes, una sábana limpia o un jugo de limón, puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.