Pasión de muerte, Pasión de Vida

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La puerta cerrada que el Resucitado atraviesa es el corazón “miedoso” de cada persona.

Los meses que llevamos de año, y por lo tanto la Cuaresma que hemos vivido ha sido un tiempo matizado por dos “pasiones”: pasión de muerte y pasión de vida. Muchos se han visto obligados a asociar su propia muerte a la muerte de Cristo. Mi esperanza ahora es que al momento que estés leyendo estas líneas asocies tu vida a la suya. Y que, sobre todo, sea tan nueva como la de Él.

La Pascua de resurrección se nos presenta como un tiempo nuevo que invita a una vida nueva. La paz y la efusión del Espíritu son sus posibi­litadores. Fue lo que prometió Jesucristo antes de morir. Son dones que capacitan a la persona para su misión en el mundo. Una misión que no consiste en hacer cosas, sino en vivir. En efecto, la primera misión que tiene el ser humano es la misión de vivir. Ya cada uno verá cómo y en qué em­plea su vida. Lo que hacemos no es más que una prolongación de la vida que vivimos. Es en la vida que vivimos donde nuestro hacer encuentra su fuente y su sentido. Pienso que en eso consiste la alegría de vivir.

La alegría de vivir no está fuera de nosotros, sino dentro de nosotros mismos. La Pascua, fuente de nuestra alegría, no sucede fuera de nosotros, sino en el corazón de cada uno. La puerta cerrada que el Re­sucitado atraviesa es el corazón “miedoso” de cada persona. Los discípulos están encerrados por el miedo. No se trata solo de un en­cierro locativo, sino de un encierro existencial. Quienes han visto morir sus esperanzas junto al Crucificado se estremecen de miedo, se encie­rran en sí mismos y ahogan la pro­pia vida. Esa pasión de muerte es la que ahora tiene que dar paso a la pasión de vida.

La Pascua, en cuanto expresión de nuestra pasión de vida, es una vivencia del corazón creyente. Y es allí, en el corazón creyente, donde se vive la alegría Pascual como ex­periencia de la vida nueva producida por Cristo resucitado. No se trata, por lo tanto, del gozo de los sentidos, ese gozo que despiertan las experiencias exteriores, sino del gozo provocado por los “sentidos interiores”, aquellos que tienen su “cantero” en el corazón.

El encuentro de Cristo resucitado con sus discípulos no es el encuentro entre dos exterioridades, sino entre dos interioridades. Por eso hoy también nosotros podemos creer en él sin verlo. Se ve lo que está más allá, en el exterior. Al Resucitado no lo vemos. Él no for­ma parte de las realidades exte­riores, a las cuales accedemos a través de nuestros sentidos; el encuentro con él exige “otra sensibilidad”, la “sensibilidad creyente”, esa que le hacía falta a Tomás, y que pareciera tan ajena en algunos ámbitos del mundo de hoy. Esa “sensibilidad creyente” es generada por “los ojos del Espíritu” y “las manos de la fe” que son los que hacen posible “ver y tocar” al Resucitado.

Ver con los propios ojos y tocar con las propias manos es lo que exige el hombre de hoy. Quiere datos, hechos constatables. Es lo que le da seguridad. Es la forma como se pretende superar los desencantos de la vida cotidiana. La experiencia de Cristo resucitado es de otra índole. No es un dato, ni un hecho constatable; lo que no quiere decir que no sea real. Se trata de una experiencia interior. Él es quien abre la puerta de nuestra pasión de vida, pero desde dentro.