Nuestras miradas del mundo tienen diversos planos.

Hay un espacio interior, íntimo, que depende parcialmente del mundo exterior pero no en su totalidad. Este es el plano del ser que negocia consigo mismo entre la identidad de su naturaleza y sus capacidades en los momentos de prueba.

Ante un momento de impotencia la persona siente miedo, el horizonte huele a tormenta y estamos atrapados.

La parábola del lago de Tiberíades es perfecta para aplicar a éste momento. El Señor que sugiere donde pescar y en la prueba de fe no abandona al pescador, se queda allí en la barca.

Por muy tormentoso que sea tu momento, en la familia, en el trabajo, en tus relaciones con el mundo, o en tu intimidad, no olvides que él, tal como su promesa, está allí para que no tengas miedo.