Para Él todos están vivos

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La fidelidad de Dios va más allá de la muerte

 

Así termina el Evangelio de este domingo. Aunque para nosotros pare­ciera que no, para Dios todos están vivos. Tanto los que nos han precedido en el encuentro definitivo con Él, como los que aún camina­mos hacia nuestra última morada. “No es un Dios de muertos, sino de vivos”. Afir­mación contundente salida de los labios de Jesús en un contexto de disputa con los sadu­ceos (quienes no aceptan la idea de la resurrección, porque la conside­ran fruto de la in­fluencia de culturas ajenas al genuino judaísmo) sobre la posible resurrección de los muertos.

Vale la pena resaltar que los sadu­ceos eran uno de los tantos grupos que formaban el mosaico del judaísmo en tiempos de Jesús. Por lo regular pertenecían a la élite de la ciudad de Jerusalén. Detentaban el mayor poder, tanto político como económico. Se dedicaban al templo y a la polí­tica. Ellos constituían el grueso de la institución que dominaba la política israelita: El Sane­drín. Mucha gente del pueblo los tachaba de colaboracionistas con el Imperio Romano. En cuanto a las tradiciones religiosas, no aceptaban la Tradición oral, como sí lo hacían los fariseos, sino que se ceñían a lo contenido en la Torah, la Ley escrita. No creían en la resurrección de los muertos precisamente por­que no está contenida en los primeros libros del Antiguo Testamento.

La discusión se desarrolla sobre un doble trasfondo de tradiciones judías: la ley del levirato (Dt 25, 5-10) y el derecho de rescate. Estos dispositivos buscaban garantizar el patrimonio familiar. Establecían que cuando un hombre casado ­fallecía sin dejar here­deros, su hermano debía contraer ma­trimonio con la viuda para darle des­cen­dientes. Se apuntaba así a un do­ble objetivo: Preservar la memoria y el patrimonio del difunto, y proporcionar protección a la viuda. No olvi­demos que se trata de un contexto donde la mujer depende totalmente de un varón. La vida se garantizaba por medio de la descendencia y no con la fe en la resurrección de los muertos.

Jesús les hace ver que, aunque la otra vida es una prolongación de esta, hay una diferencia de grado que se traduce en otro “estilo” de vida. No se trata de un regreso, con mejores con­diciones, a esta vida terrena, sino de una radical transformación de la persona. Un salto. Quien salta es el mis­mo que ha pasado por esta vida terrena. Se da una prolongación de la vida, aunque en un grado superior. Para Dios todos estamos vivos incluso cuando la muerte biológica nos des­miente. Su respuesta está basada precisamente en una cita de la Torah: Éxodo 3,6.

Les responde, por consiguiente, con la Escritura que ellos defienden, pero dándole un giro inesperado: Si Dios ama al ser humano, y es fiel a ese amor, no puede abando­narlo en las fauces de la muerte. En su argumento, Jesús no les habla de inmortalidad, sino del amor de Dios, que es más fuerte que la muerte.

En la resurrección encontró el judaísmo tardío el dispositivo adecuado para garantizar la victoria del jus­to. Entendieron que aquellos que mo­rían manteniéndose fieles a la voluntad de Dios no podían ser engullidos por la nada. Dios había de tener una respuesta positiva para su valentía y fidelidad: La resurrección para la Vida. La fidelidad de Dios va más allá de la muerte. La resurrección viene siendo, enton­ces, la respuesta de Dios a la entrega total de quien vive de acuerdo a su voluntad. ¿Aca­so puede quedar­se muerto quién en­trega la vida por hacer lo que Dios le pide que haga?

La resurrección en cuanto pro­mesa de plenitud nos lanza, así, al compromiso con este mundo hasta asumir las más dolorosas consecuencias