-Pedro Domínguez

Nuestro Gobierno empezó a tomar medidas motivado por la crisis haitiana. Algunas serán discutibles, pero ahora es mejor pecar por comisión que por omisión. No podemos quedarnos con los brazos cruzados. Debemos estar unidos y atentos para manejar el problema lo mejor posible en la medida que nos afecte como país.

El tema haitiano, de una manera u otra,  impacta en nuestro ánimo, donde algunos, aquí y en el exterior, enarbolan posturas radicales antihaitianas o prohaitianas. Ese fanatismo ciega. Ninguno de esos sentimientos ayuda a la causa de la patria.

Es difícil que haya dos naciones fronterizas en el mundo tan distintas como las nuestras. Ni Israel y Palestina, ni Irak e Irán, para citar algunas. Nuestras diferencias accidentales son enormes: idioma, raza, religión, historia, música… A pesar de ello, entre dominicanos y haitianos existe una relación de armonía, como si tuviéramos más semejanzas que contrastes. Es algo extraño y pienso irrepetible en el planeta.

Son escasos los enfrentamientos físicos entre nosotros. El haitiano va a los mismos lugares que el dominicano, sin obstáculos, con naturalidad. Transitan libres por nuestras calles. Tienen instituciones que los protegen. Bailan y cantan nuestras bachatas. Los contratamos en la construcción, la agricultura y como empleados domésticos.

En el campo jurídico, los trabajadores haitianos, sean legales o no, tienen los mismos derechos laborales que los dominicanos.

El gobierno intervino el área de la salud, donde un apreciable porcentaje de parturientas en nuestros hospitales son haitianas. Al igual que el número de heridos que llega a las emergencias, donde se les trata como a dominicanos. También lo hizo con la educación, donde en nuestras universidades hay miles de haitianos estudiando, los cuales se caracterizan por su buen comportamiento.

El reto del gobierno es mantener el equilibrio, no dejarse arrastrar por los odios; pero actuar con la firmeza que ameriten las circunstancias. ¡Adelante!

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