Nuestra misión: Responder a una llamada

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El camino de la vida está precedido por una convocatoria. Una llamada. Alguien nos ha llamado a la existencia antes de que diéramos el primer paso. Es una llamada que nos precede. Jesús, en el Evangelio de este domingo llama a sus discí­pulos, a cada uno por su nombre, para enviarlos a la misión. Previo a cualquier misión está la llamada.

Toda persona es llamada por Dios. La primera llamada que nos ha hecho ha sido a la vida. De he­cho, considero que toda llamada está referida a la vida, sea a recibir la vida o a entregarla; es más, pienso que ese es un movimiento si­multáneo: la recibimos y en seguida la traspasamos. Es la dinámica del don, y la vida lo es en grado sumo. Pienso que de ahí se des­prende el que a todos nos guste que nos llamen, que nos convoquen, que nos tengan en cuenta. Nos hace sentir que somos alguien, no algo; es decir, persona. La Biblia está llena de experiencias de llamadas y de respuestas sinceras. El Evan­gelio de este día lo confirma.

Nuestra existencia es un llamado a partir. A emprender un camino, el de la vida. Nacer, venir a la vida, es un partir. Salir a otro lugar (ex-sistere). Aventurarse. La creatura al nacer parte el cascarón del vientre materno, rompe su tienda, levanta la carpa donde ha estado instalado. Parte para iniciar un camino, su camino. Eso es nacer, ponerse en marcha, abrirse al propio ser. En adelante la alimentación no la re­cibirá a través del cordón umbilical, sino a través de la propia boca.

Ser llamado no es para el hombre algo marginal, sino esencial. Es una dimensión estructurante. El ser humano solo es tal en la medida en que va respondiendo a los llamados que la vida le hace. La vida es un largo cuestionario que debemos responder continuamente.

Existir es salir para irse. La vida es una llamada a aventurarnos. Por eso, aunque hablemos de una llamada a la vida, en realidad son mu­chas llamadas las que se nos hacen a lo largo de nuestra existencia. O tal vez habría que decir que es una llamada que se renueva permanentemente. Que se plantea de diversos modos a medida que avanza­mos. En todo caso, se trata de una llamada a vivir.  Una llamada a la que hay que responder viviendo. Esto pone en evidencia la condición responsorial del ser humano.

Ha escrito Francisco Bretones en su libro Logoterapia: la audacia de vivir: “El hombre, por ser un animal responsorial, debe vivir desde el imperativo de tener que contestar. Siempre tiene que res­ponder, no importa cuán dura sea la pregunta. La vida es la única que tiene el derecho a interrogar, y el hombre el deber –no el derecho- de contestar” Y más adelante agrega: “Noso­tros no le decimos a la vida, de antemano, que nos haga tales o cuales preguntas para luego contestarlas según nuestra conveniencia. La única que pregunta es siempre la vida y sin previo aviso. Y como nosotros no tenemos derecho a nada y no podemos exigir nada de la vida, nos queda una sola opción: elegir qué contestamos y el cómo contestamos”.

Son muchos los medios a través de los cuales la vida nos interroga o nos interpela: acontecimientos, personas, deseos, la Palabra de Dios, mociones del Espíritu. A tra­vés de ellos siempre es la vida la que pregunta. Las distintas llamadas de la vida son manifestaciones del único llamado de Dios a vivir. Esa es nuestra primera vocación y el inicio de nuestra ­misión en la vida.