No es de los nuestros

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Los textos de hoy contienen dos expresiones que revelan la mentalidad sectaria de algunas personas: “Señor mío, Moisés, prohíbeselo” y “se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.” La primera aparece en labios de Josué cuando este se entera de que dos que no están en la tienda se pusieron a profetizar; la segunda la pronuncia el apóstol Juan al constatar que uno, extraño a los seguidores de Jesús, echaba demonios en su nombre. Las res­puestas de Moisés y de Jesús no podían ser más tajantes. Ambos expresan su oposición a la actitud sectaria de sus dos íntimos seguidores.

Ambos “hombres de Dios” representan el monopolio y exclusivismo que algunas personas y grupos creen tener dentro de nuestras comunidades eclesiales. Muchos, como ellos, creen que son los únicos que tienen derecho a ser “voz de Dios” para el pueblo. “¡Ojalá todo el pueblo fuera profeta!”, responde un Moisés que al parecer está enojado. “Uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”, re­pro­cha Jesús a sus discípulos. El Espí­ritu de Dios no conoce fronteras, no discrimina ni sabe de privilegios.

Todo hombre que se atreve a discer­nir la realidad a luz del Espíritu de Dios es profeta. No importa de dónde venga. Si su juicio está motivado por el Espíritu no puede estar siendo movido por otra fuerza contraria. “El que no está contra nosotros está a favor ­nuestro”. Dios actúa en el mundo inspirando a hombres y mujeres para que sean portadores de su mensaje, sin distinción de lengua, raza, credo. ¿Es que acaso Dios no puede valerse de cualquiera de sus creaturas, especialmente cualquier ser humano, para dar a conocer su voluntad?

Todo bautizado es profeta, presencia de Dios, de un modo singular. Nuestra vocación profética tiene su origen en la unción recibida el día de nuestro bau­tis­mo. ¿No fue eso lo que se nos dijo cuándo se nos ungió con el santo Cris­ma? Lo que sucede es que con frecuencia ante­ponemos nuestros prejuicios y nuestra lógica a la inspiración del Espíritu. Hay profetas de falsos mensajes, que pretenden vender como palabra de Dios sus propios discursos.

El verdadero profeta no posee el Espíritu, sino que es poseído por Éste. En eso consiste el exclusivismo “espi­ritual” que pretende defender Juan en el Evangelio de este día. Él “no es de los nuestros” es lo mismo que decir “no es partícipe de lo que nosotros tenemos”. Juan se cree dueño del Espíritu. Es esa otra forma de creerse detentadores de poder y honor. ¿No fue precisamente eso lo que el Maestro les criticó en la enseñanza dada en el Evangelio de la semana pasada?

La generosidad divina quiebra cual­quier pretensión monopolista. Dios se da a todos. Si Dios es Dios no puede haber diques que impidan su flujo por todas partes. El Espíritu sopla donde quiere y como quiere. Dios nos quiere a todos y desea que nadie se sienta excluido de la siembra del bien. Donde quiera que hay un hombre o una mujer sembrando bondad y justicia allí está presente el Espí­ritu de Dios. Lo contrario es “miopía teológica” y mezquindad humana.