Hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón… estuvo leyendo el libro… Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley. Esdras, el escriba, estaba de pie en el púlpito de madera que había hecho para esta ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -pues se hallaba en un puesto elevado- y, cuando lo abrió, toda la gente se puso en pie. Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: “Amén, amén.” Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. Los levitas leían el libro de la ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieron la lectura. Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas que enseñaban al pueblo decían al pueblo entero: “Hoy es un día consagrado a nuestro Dios: No hagáis duelo ni lloréis.” Porque el pueblo entero lloraba al escuchar las palabras de la Ley. Y añadieron: “Andad, comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza.” (Nehemías, 8,2-6.8-10)

En su origen, el libro de Nehemías formaba uno solo con el de Esdras. En el texto bíblico que encabeza esta página ambos aparecen mencionados juntos; de Nehemías se dice que era el gobernador (de Judea), y de Esdras que era el sacerdote y escriba (experto en la Ley de Moisés). Ambos desempeñaron un papel esencial en la reconstrucción y reorganización del pueblo judío después de su vuelta del exilio. Del primero, de Nehemías, se dice que fue quien impulsó la reconstrucción de Jerusalén, especialmente las murallas y el templo, cuando los judíos regresaron a su tierra hacia el año 445 a. C. También habría fundado una biblioteca que contenía documentos valiosos para la redacción definitiva del Antiguo Testamento. Esdras, como nos hace pensar su condición de sacerdote y escriba, jugaría un papel muy importante en la reconstrucción de la comunidad judía como tal en torno al templo y a la Ley.

Pero, además, Nehemías, como gobernador puesto allí por el rey de Persia, debió hacer frente a una grave problemática socioeconómica: el endeudamiento de una gran parte del pueblo porque no contaban con los medios para sostener sus familias. Muchos padres y madres de familia se quejan ante Nehemías porque tienen que vender, incluso, a sus hijos como esclavos o hipotecar sus campos. El gobernador propondrá una solución definitiva: la condonación de las deudas. Algunos estudiosos ven aquí el origen de la ley del Jubileo.

El libro de Nehemías da cuenta de toda esta historia. En él Jerusalén ocupa un puesto central, allí se nos narra las peripecias sufridas con motivo de la construcción de la ciudad y sus murallas. También se nos pone al tanto de una serie de medidas que se implementaron para mantener la pureza del pueblo elegido. Así, con Nehemías, el gobernador, y Esdras, el escriba y sacerdote, comienza a levantarse los cimientos de lo que será propiamente el judaísmo, destacando dos pilares: la Ley de Moisés y la Ciudad Santa (con su templo como centro). Con ello se iría constituyendo una comunidad de fieles y quedarían definidos los requisitos para pertenecer a ella.

Esto es muy importante. El pueblo había perdido su independencia política. Primero una buena parte de ellos había sido desterrada de su patria; los que regresaron, al cabo de cuatro o cinco décadas, tuvieron que vivir bajo el dominio e influencia del Imperio persa, además de tener que convivir con gente “extraña” que habían ocupado parte de su territorio. En ese contexto el pueblo busca reconstruir su identidad desde otros parámetros que no sean los meramente políticos. La religión (especialmente el culto en el templo) y la observancia de la Ley serían la base para delinear esa nueva identidad.

En el texto de la primera lectura de este domingo, Esdras aparece encabezando una ceremonia litúrgica importante. Se trata de la lectura solemne y pública de la Torah (los cinco primeros libros de la Biblia o Ley de Moisés). El contexto es la fiesta de las Tiendas (esta fiesta conmemora, aun hoy, el paso de Israel por el desierto). Aquella lectura debió impactar mucho al pueblo, seguro que reavivaría su confianza y esperanza en Dios. El mismo relato deja sentir, por la acogida y reacción de la gente, los sentimientos que allí se despertarían: el pueblo escucha con atención, responde con un doble “amén” y se pone a llorar. Sin duda, lágrimas de alegría por haber escuchado y entendido el contenido de la Ley, la palabra de Dios. El pueblo sentía que Dios nuevamente le estaba hablando tal como lo hizo a sus antepasados a través del mismo Moisés.