Mucho más que mito

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Al acercarnos al texto del libro del Génesis que se nos ofrece hoy como primera lectura debemos tener mucho cuidado de no caer en el ­“literalismo” ni en el fundamentalismo. Ambas tendencias pretenden reducir la lectura de la Biblia a “lo que dice el texto” y no a “lo que quiere decir el texto”. Lo primero que debemos recordar es que no estamos ante un tratado de biología, tampoco de psicología. Si fuera lo pri­mero estaríamos ante la explicación del origen de la mujer a partir del hombre; si lo segundo, se pretendería justificar la preeminencia del varón sobre la mujer. Ni una cosa ni la otra. Estamos ante un relato que quiere comunicarnos unas verdades más profundas.

En efecto, estamos ante un relato mito-lógico. Un mito es una narración que pretende comunicarnos cómo ha en­tendido el ser humano la rea­lidad. Cuando la razón (el logos) se ve desbordado por la realidad, el hombre acude al mito. Así, este (el mito) y aquel (el logos, la razón) han venido a ser compañeros de viaje. Los mitos encierran una sabiduría que desborda la capacidad comprensiva del ser humano. No es de extra­ñar, entonces, que todas las culturas tengan sus mitos sobre el origen y destino último del hombre. El mito se sitúa más allá de cualquier libro de historia ya que busca explicar lo que no es hechura humana.

Cuando el libro del Géne­sis nos narra mitológicamente la creación del mundo y del hombre, no pretende decirnos cómo sucedieron las cosas, sino cómo hay que en­tender al ser humano y la creación que le sirve de casa y sustento. Maravilla, al res­pecto, que el Papa considere, en una de sus encíclicas, la creación como nuestra casa común. Estos textos, que pretenden narrar “nuestros orígenes”, solo quieren dejar claras unas cuantas verdades que el hombre no debe olvidar si quiere tener éxito en el mundo: Dios es creador, origen, sustentador y meta de la vida. Gracias a su infinita bondad hay todo cuanto existe.

En los versículos que este domingo leemos en la prime­ra lectura (Gn 2, 18-24) nos encontramos a Dios preocupado por el hombre. Le preocupa su soledad y fragilidad. “No está bien que el hombre esté solo”. Así piensa Dios. Considera que para su plena realización el hombre necesita de la alteridad, de la relación con otros. Ya una primera relación, de inferio­ridad respecto a Dios, se había descrito cuando se presenta al Creador como un alfarero que coge barro en sus manos y modela una creatura, a la que le insufla su aliento vital, el hombre. O cuando hace de éste una imagen suya.

Ahora en el relato en cues­tión aparecerán otros dos tipos de relacionalidad: con las demás criaturas (relación de superioridad) y con la mu­jer (relación de igualdad). El primer modo de relación, el de superioridad, queda evidenciado por el hecho del hombre poner nombre a todas las demás creaturas; el segundo, relación de igualdad res­pecto a la mujer, queda ex­presado de forma sumamente clara en las palabras que pronuncia el propio hombre: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se pone así en evidencia el carácter complementario del hombre y la mujer.

Estamos, entonces, ante un relato que pretende resaltar la oposición de Dios a la sole­dad del ser frágil que es el hombre y la dignidad que tie­nen por igual el hombre y la mujer, la cual los sitúa por encima de todas las demás creaturas que habitan la crea­ción. El hombre no se basta por sí solo. “Voy a hacerle a alguien como él que le ayu­de”, es la segunda parte de la reflexión que Dios hace sobre el hombre. La vida en común consiste en eso: mutua ayuda para que la vida sea posible.