Monseñor Rafael Conrado Castellanos Martínez: Un pastor contra la primera intervención norteamericana

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PRIMERA PARTE

 

Se cumplen este domingo 54 años de la segunda intervención mi­litar norteamericana en suelo domi­nicano, dolorosa afrenta a la digni­dad y el decoro patrio en momentos en que, en desigual contienda, luchaba el pueblo por restituir la legitimidad vulnerada del primer gobierno electo por su decisión libérrima después de treinta y un años de pesarosa tiranía.

Era la reedición de un capítulo amargo y recurrente en nuestra accidentada y dolorosa historia, que durante nuestro siglo XX tuvo su precedente inmediato más funesto en la primera intervención militar norteamericana, la cual durante ocho años puso en entredicho nuestra soberanía en el período transcu­rrido entre 1916 y 1924.

En aquellas amargas circunstancias de la primera intervención, como en tantas otras desde el resonante clamor de Fray Antón de Montesinos contra la ignominia del imperio español hacia el indígena, se hizo manifiesta la voz de la Igle­sia dominicana, esta vez personificada en la figura de un singular ­sacerdote y patriota cuyos mereci­mientos no han sido aún ponderados lo suficiente y continúa siendo para las actuales generaciones, como muchos otros sacerdotes ejemplares de nuestra Iglesia, pasada y presente, un gran desconocido. Me refiero a la figura egregia de Monseñor Rafael Conrado Caste­llanos y Martínez.

Este ilustre sacerdote nació en Puerto Plata, el 6 de agosto de 1875, y murió el 21 de enero, día de Nuestra Señora de La Altagracia, de 1934. Brilló como periodista, ju­rista, orador sagrado, legislador y político, en el sentido más genuino de tan noble quehacer.

Después de concluir sus estudios, tanto en el entonces Seminario Conciliar como en el Instituto Pro­fesional, instituciones de enseñanza regenteadas ambas durante dos dé­cadas bajo la sabia conducción del Arzobispo Monseñor Fernando Arturo de Meriño, reci­bió su ordenación sacerdotal el 30 de octubre de 1898 en el antiguo Con­vento de los Dominicos, recibiéndose el 13 de no­viembre del mismo año como Licenciado en Derecho, oca­sión en que le correspondió el honor de pronunciar el discurso de orden en nombre de sus compa­ñeros gra­duandos.

Inició el ejercicio de su ministerio sacerdotal en los difíciles mo­mentos en que, después de la caída del tirano Ulises Heureaux, en 1899, una nueva generación asumía la rectoría de la vida pública reclamando el concurso de sus mejores hijos.

Correspondiendo a los hondos reclamos del patriotismo, y como parte de lo que entendió siempre su vocación integral, asumió la representación ante el Congreso Nacio­nal por la provincia de Puerto Plata, resultando electo en las elecciones generales de noviembre de 1899, siendo reelecto a la misma posición en el año 1903.

Era un Congreso Unicameral, conformado entonces por sólo 24 miembros, formando parte el Padre Castellanos de la Comisión de Instrucción Pública. Fue desde ella que hizo valer su voz a través de un informe disidente contra el Pro­yecto de Ley de Estudios presentado en el Congreso por Hostos y sus discípulos, quienes abogaban, bajo el influjo del laicismo, por la separación entre la Iglesia y el Estado.

Ya entonces comenzó a descollar su figura como agudo periodista y polemista en defensa de los derechos de la Iglesia, asumiendo la dirección del Boletín Eclesiástico y fundando el periódico el “El Crite­rio Católico”, desde el cual hizo frente a la campaña que vertían sus oponentes a través del periódico “El Nuevo Régimen”.

En febrero del año 1904 su nombre comenzó a trascender en todo el orbe patrio. Era un período de en­carnizada guerra civil entre los se­guidores de Juan Isidro Jiménez y Carlos Morales Languasco. Y es en la tarde del 11 de febrero de aquel año cuando en un hecho tan insólito como bochornoso, un crucero de la Marina de Guerra Norteame­ri­ca­na, desde el placer de los estudios, alegando que contaba para ello con la autorización del gobierno de Morales, inició un bombardeo feroz contra las tropas que estaban acantonadas en Villa Duarte y disparando contra ellas ochenta cañonazos.