Monseñor Enmanuele Clarizio Conciliador eficaz en nuestras desavenencias patrias

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DECIMa parte

 

En la pasada entrega de esta serie, referíamos el hecho de que una memorable experiencia vivida por la iglesia dominicana en marzo del año 1965 influiría de forma determinante, a nuestro criterio, en las apreciaciones que se forjaría Monseñor Clarizio, en lo adelante, respecto a la realidad eclesial, social y política de la República Dominicana.

Nos referimos a la celebración en nuestro país, entre el 17 y el 30 de marzo, tanto del IV Congreso Ma­riológico (de orden teológico), presidido por el Cardenal Maurice Roy, Arzobispo de Québec, Canadá (de carácter pastoral), presidido este por el Cardenal Raul Silva Henríquez, Arzobispo de Santiago de Chile, de­legado en la ocasión por el Papa Pablo VI.

 

Faltaba apenas un mes para estallar la revolución de abril de 1965. ¿Qué estaba ocurriendo?

 

En una parte importante de la sociedad y de la feligresía católica no fue bien visto el hecho de que el gobierno de facto del triunvirato, en la ocasión presidido por Donald Read Cabral y Ramón Cáceres Troncoso, cada vez más desprestigiado ante la población, viera en los referidos congresos una oportunidad de apuntalamiento político, lo que pro­curaron hacer a cabalidad, comenzando por el hecho de la pomposa recepción ofrecida en el palacio nacional para dar la bienvenida a los invitados internacio­nales; condecoraciones a los prelados procedentes de diversos países del mundo, así como la presencia del entonces ministro de defensa italiano Giulio Andreotti, uno de los principales abanderados de la derecha italiana y reconocido católico.

En la ocasión se llevó a cabo, además, en el Palacio del Congreso, un acto académico que contó entre sus oradores con el destacado dirigente franquista Blas Piñar y por parte de la República Dominicana, del Dr. Julio César Castaños Espai­llat, quien habló en nombre de los seglares.

El Dr. Julio César Castaños Espaillat pidió al Cardenal Silva Henríquez transmitir al Papa Pablo VI la petición de que la Virgen María fuera proclamada “organizadora de la sociedad cristiana”.

¿Era una señal de que la jerarquía católica simpatizaba con los golpistas?, fue la interrogante que no pocos se formularon en aquellos días tensos.

Un grupo importante de jóvenes, dirigentes de la Legión de María, como fue el caso del hoy afamado periodista Juan Bolívar Díaz, la dirigente estudiantil universitaria Vivian Mota y el también dirigente juvenil Miguel Angel Heredia Bonetti, organizaron en la Parroquia San Juan Bosco un congreso mariano alternativo, en­tre el 26 y el 29 de marzo.

Se trataba de una llamada de atención en torno a lo que entendían debía ser el verdadero compromiso de la iglesia en aquellas horas difíciles que vivía la Repú­blica Domi­nicana. Lo hicieron en presencia del Cardenal Silva Henrí­quez y Mon­se­ñor Cla­rizio.

Como un importante dato histó­rico cabe significar que en la mañana del jueves 25 de marzo de 1965, en el marco de la clausura del referido  Congreso Mariano, por imposición de manos del entonces Arzobispo de Caracas Cardenal José Hum­berto Quintero, fueron ordenados 10 sacerdotes dominica­nos, cinco de la congregación salesiana (los padres Fabio Rivas (q.e.p.d), que sería luego el primer obispo de la Diócesis de Barahona, Luis García, Plinio Comprés, Ra­món Emilio Robles y Gerónimo Taveras. Los diocesanos fueron los pa­dres Rafael Felipe Núñez, cariño­samente llamado por todos “el Padre Fello”, (hoy obispo emérito de la Diócesis de Barahona), Ricar­do Santelises, Tobías Cruz Gonzá­lez, Clemente Ureña y Cle­mente María Hernández.

La ordenación de este elevado número de sacerdotes fue organizada ante la posibilidad de que visitara al país el Papa Pablo VI, pero luego la Santa Sede cambiaría de parecer ante la idea de que dicha visita papal fuera interpretada como una legitimación del gobierno de facto del ­Triunvirato.